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viernes, 20 de febrero de 2015

EL ULTIMO HOMBRE


El Último Hombre
Por Karlos Dearma.

Encendió el computador en el modo de ahorro de energía, luego fue hasta la escotilla y se asomó por la ventana. La vista le sobrecogió: La Tierra estaba ante sus ojos, girando cubierta de nubes,  como siempre, eterna. Sin embargo un dejo de tristeza le invadió; le pareció extrañamente lejana, como vacía, como imposible de alcanzar.

El ambiente en la nave era gélido: Había llevado los calefactores al mínimo para no gastar más energía de lo necesario. Cuando los programas estuvieron listos intento establecer una comunicación. Pensó para sí mismo: Alguien más debe haber escapado, los vi despegar.

Le ordenó a la computadora que busque en todas las frecuencias: Al primer intento solo recibió estática, entonces y para no dejarse llevar por la ansiedad, decidió esperar. En su evaluación visual había comprobado algunos desperfectos en la nave, la lluvia de meteoritos que cayó sobre el planeta  la había golpeado, ahora le tocaba el turno a las reparaciones.

Estudio sus posibilidades. Le pidió a la computadora un plan de contingencia, unos segundos después recibió una respuesta. Debería salir de la nave a inspeccionar la estructura: Era imposible una reparación profunda desde allí, el robot le ayudaría. Se dijo: Manos a la obra.

Se vistió con el traje y la escafandra, coloco las herramientas en una especie de maletín y luego lo ato a una larga cuerda. Los llevo a la cámara de descompresión y encendió el robot. El MR4000, un cyborg,  inicio y le pidió instrucciones, lo conecto a la computadora  de la nave y luego ambos se conectaron a sus mochilas autopropulsadas. 

Cuando estuvieron listos descomprimió la cámara y abrió la escotilla. Afuera el frío y la oscuridad del espacio sideral lo esperaban, sintió miedo. A pesar de ello estaba decidido, junto valor y le ordeno al MR salir primero. La máquina obedeció y luego lo ayudo a salir: Comenzaron con la rutina de inspección.

Los daños no parecían graves, la estructura de la nave estaba magullada pero bien. La antena necesitaba arreglarse, tal vez eso había impedido las comunicaciones. Decidió comenzar por allí. Media hora después estaban listos. Desde el interior la computadora le confirmo que las comunicaciones funcionaban. Regresaron a la escotilla y repitieron el procedimiento. Una vez adentro le dio el control a la computadora para reintentar comunicarse.

De nuevo el intento fue vano. Pensó lo peor: tal vez nadie más había sobrevivido. Estaría solo como el último humano del universo. Consciente de la gravedad del momento, medito unas palabras y ensayo mentalmente un breve discurso, encendió la grabadora y activo el transmisor:

“Mi nombre es Federico Vallejos y soy tripulante de la nave Kosmo 4.  La Tierra se ha transformado en  un planeta inhabitable y los pronósticos son malos; tal vez sea destruida por un gran asteroide en cuestión de días, u horas. No se hacia dónde iré, estoy solo. Me toca iniciar los protocolos de salvación de mi especie, activaré los laboratorios biológicos e iniciaré las clonaciones, soy consciente de la importancia de mi tarea pero acepto la difícil misión que me toca, soy el último hombre.”

Volvió a recibir estática. Se disponía a apagar la grabadora cuando, de manera inesperada, del otro lado escucho un coro de risas. Una voz gruñona y autoritaria estallo desde el altoparlante:

“¿El último hombre?¡Pero déjese de joder Vallejos! Habla el coronel Nielsen. Es mejor que ponga en marcha esa carcacha y venga a juntarse con nosotros en el lado oscuro de la Luna, hágalo antes que reviente la Tierra y algún cascotazo lo mande al carajo, acá lo esperamos. ¿Me copia?”

Un avergonzado Vallejos respondió afirmativamente. 

NOTA > Este relato participó del Concurso de Relatos "LA ULTIMA NOCHE DEL MUNDO" organizado por "EL CIRCULO DE ESCRITORES". Una de mis fuentes de inspiración fue la canción "El último hombre" del grupo punk argentino LOS VIOLADORES. 



viernes, 26 de diciembre de 2014

EL PACTO


El Pacto
Por Karlos Dearma.

Bob detuvo su auto casi en la encrucijada de la ruta 61 con la 49, cerca de Clarksdale. Faltaban aún cinco minutos para la medianoche. 

El misterioso hombre negro del bar le dio instrucciones precisas: Era una oferta que no podía rechazar. Estaba arruinado. Había perdido todo lo que tenía en una mano de cartas, los acreedores le buscaban (tal vez para matarle) y no podía regresar sin el dinero.

Debía esperar. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Aspiró, llenando sus pulmones, y de manera muy varonil lanzó una bocanada de humo. Pensó en su mujer y juró que no volvería a sentarse jamás en una mesa de póker si ésta jugada daba resultado. Se engañaba.

Puntualmente aquel hombre misterioso apareció de la nada, caminando. Se acercó a su ventana, le mostró los billetes que traía en un bolso y con tono grave dijo: “Está todo, ahora debes cumplir con tu parte”. 

Sin dudar, Bob bajó del auto con un cuchillo, hizo un corte en su mano derecha y sangrante se la extendió al desconocido: “Es navidad, terminemos de una vez”.


Este microrrelato fue premiado por "El Circulo de Escritores" en su "Concurso de Navidad: La cara oculta" 


miércoles, 3 de diciembre de 2014

MENSAJE EN UNA BOTELLA


Mensaje en una botella
Por Karlos Dearma.

Con las escasas fuerzas que aún le quedaban tapó la botella con un corcho y luego la arrojó al mar. El brillo del Sol pareció querer jugar con ella, reflejando tonalidades color esmeralda, como si fuera una especie de linterna mágica, como si todo aquello fuera un sueño. Casi inmediatamente escuchó el golpe seco que dio al caer sobre las olas hundiéndose; poco después, y como si fuera una clase de milagro, flotó  y comenzó a alejarse lentamente de la balsa.

Cansada y pesadamente se arrastró y acomodó su espalda contra el palo de la improvisada vela; ya no quedaban más sobrevivientes que él. Estaba solo y sabía que le quedaba poco tiempo. Miró una vez más el cielo azul, las pálidas nubes, y se dejó deslumbrar por el Sol. Luego exhaló profundamente, cerró sus ojos  y murió.

No fue hasta el día 8 de abril del año 1829, casi 3 años después del naufragio, en que unos pescadores de Saint Malo rescataron del mar esa botella y el terrible mensaje que incubó por todos esos años en su interior. El contenido del mensaje es el siguiente:

Mi nombre es Jakob Sprenger,  marino del bergantín “Elric”:
El día 15 de Junio de 1826, para nuestra mayor desgracia, naufragamos debido a una tormenta a unas 60 millas del cabo Bojador. Junto a mis compañeros improvisamos una balsa con la que intentamos alcanzar la costa occidental de África.

Al principio éramos muchos pero en solo unos días se acabaron las existencias de alimentos y agua potable. Mantuvimos el orden por un tiempo, pero primero la desesperación y luego la maldad se apoderaron de todos nosotros.

 Muchos, enloquecidos por el hambre y la sed, se suicidaron arrojándose a las aguas. Los débiles que murieron comenzaron a ser devorados por el resto con la falsa esperanza de poder sobrevivir. Los otros fueron asesinados hasta que solo quedamos cuatro.

Enfermo y sin poder defenderme, a mí me toco una de las peores partes: mis camaradas comieron de uno de mis brazos y una de mis piernas dejándome con vida para que sea testigo de ello. Lo merezco y por ello les perdono: Confieso que cometí el infame pecado de ser el primero en tener la idea de devorar a los muertos. 
Aun así hice justicia conmigo mismo y con el resto de la humanidad, pues no podía permitir que nadie regrese: los maté con mi cuchillo mientras dormían.

Ahora me toca morir a mí y lo único que queda es exponer los motivos de este mensaje:
Sin la esperanza de poder expiar mis pecados y con ustedes como testigos, pido perdón a Dios y a la humanidad por la naturaleza de nuestros crímenes”.