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viernes, 16 de diciembre de 2016

LA LUZ DE LAS NOCHES (Cuento corto por Karlos Dearma)


La luz de las noches
Por Karlos Dearma

La tarde se fue de a poco y la tierra se envolvió en sombras. Eso lo inquietó. Tan pronto como la noche ocupo la escena, un creciente viento fresco llego desde las montañas, erizándole el pelo, haciendo bramar con soplidos invisibles, las ramas de los árboles. Olfateó el aire y sintió los aromas de la foresta y el frío se metió por sus fosas nasales.

La soledad lo rodeaba. El resto del grupo lo había dejado atrás. Un ruido de ramas secas rompiéndose lo puso en estado de alerta. Sintió miedo y desconfiado como era, se agazapo detrás de unas rocas. Aguzó los oídos, alzando cabeza y orejas, pero solo recibió el sonido del silencio. Un perseguido como él sabía que debía evitar a los hombres:  Esos carniceros infames que querían cobrarse su vida.
Hubiera querido confirmar esa nada visualmente, pero la luz de la noche no había aparecido aún. ¿Qué le habría sucedido?

La oscuridad era casi total, pero como si una magia hubiese respondido a sus deseos, la luna finalmente emergió desde los densos nubarrones que cabalgaban el cielo, tiñendo con su luz gélida la faz de los bosques.

 Envalentonado, subió a una roca alta y le lanzó un fuerte aullido, agradeciéndole una vez más su tierna compañía. Desde la lejanía, otros lobos lo imitaron. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

EL CUERVO (CUENTO CORTO)




EL CUERVO
Por Karlos Dearma.

La silueta de tres mástiles manifestaba, a los ojos de quienes podíamos admirarla, su rara magnificencia, oponiendo su lobreguez a la claridad de la luna. Todo en aquel barco era fantasmal, y la entera bahía parecía estremecerse ante esa presencia tenebrosa. En la cubierta pude observar el movimiento de hombres culminando con la maniobra. Un instante después, El Cuervo lanzó el ancla, que se hundió, profundo en el mar, enviando al aire una nube salada de burbujas y espuma.

Todos en la isla Tortuga conocían las historias acerca del navío, su tripulación maldita, y su no menos temido capitán. Decenas de veces sus hombres y mujeres se habían lanzado al abordaje, otras tantas habían saqueado a cualquier presa que estuvo entre sus manos. Varias veces estuvieron a punto de caer, es cierto, y otras tantas habían logrado escapar de las armadas inglesa y española. Como cuando su capitán, el inefable Charles Hendricks, perseguido por tres navíos de la Armada Real Británica, huyó a través de un huracán cerca de Barbados: Solo El Cuervo logro salir indemne del trance.

Todo pirata, que se preciara de tal, quería formar parte de su dotación. Pero aquella posibilidad era un tesoro reservado para pocos, solo las mujeres y los hombres más feroces, pues las condiciones de admisión impuestas por su jefe eran de las más duras.

Desde que había abandonado las calles de Londres, para embarcarme como grumete en un navío mercante, a mis jóvenes 14 años, había deseado obtener un tesoro parecido a ese. Las extrañas circunstancias de la vida habían hecho caer a mi nave presa de los bucaneros; todavía más extraña había sido la casualidad de no compartir la muerte con mis compañeros de infortunio: El grumete de la nave pirata había muerto en la refriega, y, el ancho capitán del Cazador, Owen Mason, me ofreció el puesto a mí; como podrán darse cuenta, fue imposible decir que no.

Eso me permitió salvar el pellejo, llegar hasta Tortuga y trocar mi vida anterior de vagabundo por la de pirata.

Las condiciones como tripulante del Cazador distaban de ser las ideales. Es por ello que andaba a la búsqueda de una alternativa. El Cuervo parecía una buena opción, solo que debía escapar de las garras de Mason, intentar dar pruebas de valor a Hendricks, y, entonces, tal vez, tuviera una oportunidad.

Tuve la ocasión la siguiente noche, en La Raja de Oro. La Raja era la taberna más concurrida de la isla, y, suponía, hacia allí se dirigirían los marineros del Cuervo, incluido su capitán. Llegué temprano y el ambiente era festivo; todos bebían alegremente. Vi a Hendricks en una mesa bebiendo ron, solo. Pensé en la manera de acercarme pero tenía miedo de la leyenda y eso me contuvo.

Algo llamó mi atención: Otro hombre, que bebía solo y permanecía serio, parecía el único allí dentro que no se divertía; su expresión era de odio, más bien parecía estar acechando al capitán del Cuervo.

Se puso de pie y se dirigió a la mesa de Hendricks, sin que este lo viera. Vi que llevaba su mano a la empuñadura de una daga. Corrí para impedir la traición. Me arrojé encima del agresor en el último instante, pero con la mala suerte de recibir la cuchillada en el hombro. Grité de dolor; sentí como mi tibia sangre brotaba del tajo.

Cuando se preparaba para matarme, una espada lo atravesó. Era Hendricks. Me había salvado la vida y yo a él. Con voz grave, me dijo:

-Debo darte las gracias. ¿Quién eres?

-Mi nombre es James Rock y quiero ser parte de su tripulación.

continuará ...


Este cuento participa del concurso organizado por "EL CIRCULO DE ESCRITORES" llamado "PIRATAS ... ¡AL ABORDAJE!"

viernes, 1 de abril de 2016

AMARTIZAJE (CUENTO)


Amartizaje
Por Karlos Dearma.

El Kosmo 4 orbitaba pesadamente la luna. En su interior, un único y atribulado tripulante intentaba terminar con las necesarias reparaciones. La Tierra era ya un planeta inhabitable: Una lluvia de meteoritos había acabado con la civilización. Aquello era un hecho y Federico Vallejos, el solitario cosmonauta, trataba de asimilarlo. Por lo menos no estaba solo, pensó.

Un poco más allá, el resto de la flota estelar, compuesta por unas cincuenta naves, albergaba lo que quedaba de la especie humana. Vallejos se detuvo un momento frente a una escotilla para observarla. Abrumado por esa visión no se dejo abatir. Tenía orden de terminar con las reparaciones a la brevedad. Así se lo había dictado su jefe, el coronel Nielsen. ¿Para qué? Aun no lo sabía, pero era mejor obedecer las órdenes del cabronazi malhecho ese.

La respuesta no se haría esperar. La computadora le notifico que la nave insignia intentaba comunicarse con él. Se dirigió hasta la consola para responder.

-Aquí Kosmo 4, Vallejos se reporta.

-Le habla Nielsen. ¿Termino ya con los arreglos?

-Estoy en eso. Necesito dos días más y lo tendré.

-Ok. No esta tan mal para un inútil como usted. Escúcheme. Ni bien termine con todo fije un curso hacia Marte. Necesitamos saber si es viable una colonia allí. Ha sido elegido para averiguarlo. ¿Me copia?

La noticia lo golpeo. Al principio no pudo articular palabra. Se daba cuenta de la importancia de aquella orden. Desde el otro lado, Nielsen le hizo volver a la realidad con sus acostumbradas y vulgares demostraciones de poder.

-¡Vallejos, idiota! ¿Escucho?

-Eh, este, ¡Sí! Disculpe. Tengo  preguntas. Mi nave no es muy apropiada para un amartizaje. Podría hacerme pedazos al bajar. ¿No ha sido evaluado esto por ustedes?

-Oh, claro que sí. Lo que dice es perfectamente posible. Por eso lo elegimos. O es el primer humano en aterrizar en Marte con vida, o es el primero en estrellarse contra la superficie. En ambos casos sería un gran honor para usted. ¿Acaso no lo cree? No se olvide de algo más: ¡Es una orden y lo haré pedazos si no me obedece!

Hecha esta aclaración, Nielsen cortó. Vallejos lo medito por última vez: ¿Qué podía hacer un cobarde como él, más que obedecer? Carne de cañón: Entro a la cámara criogénica y durmió el sueño espacial del que lo despertaría su computadora unos meses después, en la órbita marciana. 

Le tomo un día mas reponerse de los efectos del vuelo pero cuando se sintió mejor se decidió a realizar el descenso. La maniobra era difícil pero todo salió bien. Era el primer humano en bajar al planeta rojo. La nave se poso de forma brusca sobre la superficie pero lo había logrado. Hubiera deseado descorchar una botella de champan, pero no tenia y estaba solo, o eso pensó.

Observo el paisaje que se extendía ante él. El sitio elegido era el interior de un profundo  cráter en donde esperaba encontrar refugio seguro. En lugar de ello pudo ver algo que se movía allí afuera. Un sentimiento de indescriptible terror lo invadió. El humanoide de casi dos metros de altura caminaba hacia la nave, embutido dentro de una escafandra. ¿Eran acaso así los marcianos? El ser se detuvo frente al ventanal. Vallejos asustado, exclamó:

-¡¿Es usted, Nielsen?!

-¡Vallejos, retrasado! ¿Quién mas creyó que podía ser? ¿Ziggy Stardust?

Era el imbécil del coronel pero: ¿Qué había sucedido?
Por un error en la carga de las coordenadas del viaje, la flota se adelanto y había llegado antes. Al pobre Vallejos la gloria de ser primero se le escapaba de las manos. 


Este relato participo del concurso "El Marciano" organizado por "El Circulo de escritores". Es la continuación de otro llamado "El último hombre". Debo agradecer la tan oportuna publicacion de uno de mis historietistas favoritos: Tute, que use para ilustrarlo. También incluye un pequeño homenaje a uno de mis rockeros más queridos: David Bowie. A ambos les dedico esta historia. Espero lo disfruten.  





jueves, 3 de marzo de 2016

LA RESURRECCIÓN DE JANE 2: JUANITA, LA MEXICANA.


La resurrección de Jane 2: Juanita, la mexicana.
Por Karlos Dearma.

No les dije: Mi nombre es Jane Monroe. Nací en Laredo, en la frontera con México, justo para la época en que paso a ser parte de la Unión. Fui la única de los hermanos Monroe que vino al mundo allí. Algo casual, producto de la vida nómada de mi familia. Y es por ello que, desde pequeña, me gane el mote de Juanita, la mexicana. Suena gracioso, tal vez lo sea. A mis hermanos les gustaba molestarme con ello, lo inventaron para mí.

Al principio me ofendía (algo inexplicable), luego, y cuando me quede sola, asumí mi nuevo título con orgullo. Soy fronteriza, no tengo problemas con ello, una tex-mex rubia y desgarbada, de México y Texas al mismo tiempo, que cruzaba el río para jugar con sus amigos del sur, en la Nueva Laredo. Tequila y whisky.

Cuando quede huérfana me crié como pude y tuve que robar para poder sobrevivir. No siento vergüenza por nada de todo ello, no sabía entonces cómo era vivir la vida, y era muy niña.
Ocasionalmente soñaba con el pasado feliz, y en mis sueños evocaba la vida idílica en un rancho de pastos, una cabaña segura y confortable, rodeada de longhorns, en algún lugar de Texas, junto a mi familia. Cuando despertaba la realidad me abofeteaba: Los míos habían sido asesinados y estaba sola en el mundo. Iba a la deriva. Como una botella boyando en el ancho mar. Drifting away.

De manera ocasional algunos gringos me causaban problemas. No me reconocían como una de ellos. Les molestaba mi acento y mi aspecto de vaquero vestido a lo charro, he debido ponerlos en su justo lugar. A veces solo alcanzaba con decir una sola frase: The only good gringo is a dead gringo. Y luego mostrarles mi navaja. En otras han debido correr algunas gotas de sangre. Suele ser algo necesario.

Mi vida adulta comenzó así, haciendo justicia por mi propia mano, cuando podía. Golpeando a los malos, ayudando a los indefensos. El odio me llevo al borde de la muerte en muchas ocasiones. Es un milagro que siga con vida.

El padre Luis me lo ha dicho varias veces. Todo ese camino transcurrió hasta que lo conocí. Él es parte de mi nueva familia. Me educo en los dos idiomas y en las cosas básicas de la escuela. Lo quiero, como aun amo a mis padres y hermanos muertos, y al resto de mi nueva familia (ya les hablare de ellos). Luis fue el primero que intento apartarme de los malos pensamientos, no puedo decir que haya tenido éxito. 

Siempre le hago la misma pregunta: ¿Cómo podría perdonar a los que mataron a mi familia? Y me habla de Dios y del perdón, y de lo malo que es el rencor, pero no ha conseguido convencerme, o mejor debería decir, aun no quiero convencerme. Aunque si logro algo importante: Apartarme del camino de la autodestrucción y ponerme, sin quererlo, ni imaginarlo, en otro: El de la venganza.

También me enseño, aunque parezca increíble, a disparar un Winchester, y en eso he sido su mejor alumna, le estoy agradecida. ¿Cómo puede ser posible que un cura me haya dado un arma?

Con Luis, como con cualquier mexicano, todo es posible. 
                              
Leer capitulo nro. 1           continuará ...

Este relato participa del concurso basado en una imagen "La imagen imposible I" de "El Circulo de Escritores"

jueves, 19 de noviembre de 2015

EL ÚLTIMO COMBATE DE ANKH, EL NUBIO


EL ÚLTIMO COMBATE DE ANKH, EL NUBIO
Por Karlos Dearma.

El gruñido que salió de ese agujero sucio y pestilente, con aspecto de madriguera, me conmocionó. El sonido era algo difícil de describir, parecido al de un cerdo hambriento devorando, quizás al de un lobo masticando a una víctima. Bueno, los lobos abundan en aquella estepa, aunque rara vez se aproximaban a la ciudad.

Solo cuando los guardias entraron en la jaula advertí la cadena en el piso; la formaba una larga hilera de eslabones que entraban en la catacumba donde permanecía oculto mi contrincante.

Mi amo, SETH, el egipcio de Bubastis, sonrío. Y en su sonrisa macabra adiviné el brillo del oro. 

-Pelearás con él.

Me dijo, señalando la oscuridad de la cueva.

-No pelearé contra ningún animal, SETH. Deberías saberlo de sobra.

-Eres mi esclavo, ANKH, y harás lo que te diga.

-Sabes bien que nunca hago lo que dices. Peleo sí quiero. Mato al que se me da en gana. Y hoy no mataré a ninguna bestia. ¿Entiendes?

-Eres un insolente. Un día de estos te haré azotar y dejarás de hacerte el atrevido. Esta no es ninguna bestia, nubio. Mira bien.

SETH hizo un ademán a los guardias. Cinco de ellos levantaron la pesada cadena y tiraron con todas sus fuerzas. El animal se resistió, lanzando fuertes sonidos guturales, que parecían pertenecer a un engendro salido del mismo infierno. 

Los hombres insistieron con mucha dificultad, pero de a poco fueron juntando más y más eslabones, y la cadena se fue acortando. Una nube de tierra y arena se levantó en el lugar y pude advertir el brillo del sudor que corría por las caras de esos guerreros.

Al final el misterioso ser apareció entre el polvo, lanzando un alarido que estremeció a todos los presentes: Nunca había visto algo así. Soy un hombre corpulento y fuerte pero la horrible bestia erguida era dos cabezas más alta. Las facciones no eran humanas. Su cara parecía la de un toro, sus piernas eran como las de un macho cabrio pero más largas, la parte media de su cuerpo y los largos brazos eran lo más parecido a un humano que había en él, pero cubiertos con un brillante pelo negro.

-¿Qué es eso, SETH?

-No lo sé, ANKH. Nadie lo sabe. Su propietario troyano dice que lo atraparon cuando la nave en que viajaba cayó del cielo.
Debe ser cierto. No hay animal u hombre que se le parezca en esta tierra. Tú lucharás contra él, y si vences serás libre. Lo prometo. Ganaré mucho oro si eso sucede. Si mueres me pagaran, y ese será el merecido castigo que recibirás por todas tus ofensas hacia mí. Si rechazas pelear, te mataré. También debo decirte que esa cosa ha matado a todos los guerreros que enfrentó.

Dicho esto SETH volvió a sonreír con malicia. De casi cualquier manera iba a salirse con la suya.

Por la tarde todos estábamos en el circo donde miles de troyanos esperaban por el combate final. Durante horas decenas de luchadores habían estado matándose entre sí, y el olor a sangre y muerte apenas era mitigado por los perfumes quemados por los sirvientes. Un instante después las jaulas se abrieron y saltamos en la arena, mirándonos sin odio: Uno de los dos iba a morir y ambos aceptábamos las reglas.

El humanoide tomó entonces su lanza y la arrojó hacia la tribuna. Pude ver como atravesó a mi amo, SETH, causándole la muerte. Luego la bestia se arrodilló, mostrándome los dientes, y en lo que parecía una mueca de sonrisa, me dijo:

-Mátame.

Cumplí con su último deseo y fuí libre.



Este cuento participó del concurso organizado por "El Circulo de Escritores" llamado "Concurso relatos de Gladiadores".

lunes, 28 de septiembre de 2015

RESPETA A LOS MUERTOS


The resurrection of Jane: Respect the dead*   (*La resurrección de Jane: Respetá a los muertos.)
Por Karlos Dearma.

Hundida en las profundidades de mí mente estaba aquella inmensa llanura. Lo sabes bien: Todo es más grande en los recuerdos de la niñez. 

En mis memorias de aquel día el crepúsculo la pintaba de manera caprichosa con su paleta de amarillos, rojos y anaranjados.

Todo el paisaje semejaba un océano de pastos secos, salpicado de rocas y algunos arbustos pequeños,  azotado por el Sol decadente del verano. Hasta un tiempo después, cuando aprendí a pronunciar la misteriosa palabra, no la llamé Texas.

Íbamos hacia el norte, en nuestra carreta,  conversando y cantando; los hombres a caballo, guiando un rodeo de vacunos en dirección a Abilene. Allí subirían el ganado al ferrocarril rumbo al Este, y se ganarían una buena suma de dinero. 

O eso era lo que esperaban mis padres. Nunca llegaríamos. Lo que sucedería en esa travesía marcaría el final de mi niñez, y el comienzo de mi existencia como una maldita.

El mundo es un lugar cruel, en donde la maldad cabalga libre, a la búsqueda de incautos e inocentes, para darles alguna de sus estudiadas zancadillas. Eso fue lo que sucedió con mi familia.

Recuerdo el asalto, sus rostros, y acciones; lo guardé todo en mi memoria hasta el día de hoy. Un grupo numeroso de jinetes sucios, haciendo ladrar sus armas con aullidos de plomo; gritos de dolor, y, al final, algunos pedidos de clemencia. 

No hubo piedad con nadie. Me dieron por muerta y cuando todo terminó era la única que quedaba con vida. Fue su error.

Cuando los ruidos cesaron, salí como pude de bajo una pila de cadáveres: Todos mis hermanos estaban muertos, la banda había desaparecido. 

No lloré, busqué otra cosa y la encontré: Una Colt. Era una niña pero sabía cómo usarla, y caminé. Caminé. Caminé buscando a mis padres. Entre todos aquellos rostros sin vida los hallé. Y también a un hombre. Uno de los asesinos se había quedado rezagado, intentando quitarle su anillo de oro a uno de los caídos.

Amartillé la Colt, y fui por él; quería respuestas. Cuando estuve lo suficientemente cerca sintió mi presencia y alzó la vista para mirarme.

-Niña. Será mejor que bajes ese revólver: Vas a hacerte daño.

-Deja a ese hombre en paz y ponte de pie.

No me hizo caso. Tengo a Dios por testigo. Cuando quiso sacar su arma, le disparé. Dio una vuelta en el aire y cayó, levantando una nube de tierra. 

Le observé. Cuando el polvo se disipó vi a un hombre de rostro desencajado, con el pecho manchado de rojo carmesí, mirando al cielo.

Un momento después se movió. Aún respiraba, pero con dificultad. Intentó arrastrarse para alcanzar su pistola y devolverme la ofensa, no lo dejé. Recordé algo que me dijo mi abuelo. Una de esas enseñanzas que no se olvidan y siempre se cumplen,  y la repetí en voz alta:-¡Respect the dead!*

Cuando volví a jalar del gatillo, un grupo de longhorns asustados salió en una estampida y ya nada volvió a ser igual; estaba sola en el mundo y había matado a un hombre.

continuará ...

Escrito para el círculo de escritores. Edición: RELATOS DE COWBOYS (El Extraordinario Oeste) 




sábado, 5 de septiembre de 2015

LA ISLA Y YO – CAPITULO XL – EL APOCALIPSIS Z


LA ISLA Y YO  – CAPITULO  XL – EL APOCALIPSIS Z
Por Karlos Dearma.

No se cómo lo supe. Nunca lo vi antes, pero no hizo falta: le conocía. Ver a Jefardreé, El viejo, fue como verme en un espejo. Un espejo que reflejaba una parte de mí mismo; y no solo era mi apariencia lo que veía en él, sino también mi ser,  incluso mi futuro. El viejo se acercó sonriente y me saludo, aunque sin efusividad. Su voz, grave, gastada por los años, era a la vez dulce y tranquila.

-Me alegra verte. Espero que te sientas bien. El uso excesivo de la lijunia puede traer consecuencias no deseadas.

-Ni que lo digas. ¿Qué es todo esto? ¿En dónde estamos? ¿Qué sucedió con la isla?

-La isla tal cual la conociste sigue allí, donde siempre. A decir verdad seguimos en ella. No tienes por qué preocuparte. Solo que ahora nos encontramos en otra realidad. Y esta es una realidad paralela a aquella de donde provienes; la pudiste alcanzar a través de la lijunia.

-¿Estas queriendo decir que esto es algo parecido a un mundo de ensueño? Mejor decir, ¿Otra dimensión u algo así?

-Para la mayoría de las personas si lo es, pero ellos no tienen el entendimiento. Los sueños son aquellos momentos en que podemos trascender más allá del mundo reconocible. Podrías haberte comunicado conmigo antes, a través de tus sueños. Pero tú llegaste aquí de otra manera: Por medio de la lijunia, y tus instintos chamánicos. Cuando la comiste comenzaste, poco a poco, por abrir las puertas de la percepción hacia el Nuevo mundo en el que moramos juntos ahora.

-¿Chamán? ¿De dónde lo sacaste? No soy un chamán.

-Todos nuestros antepasados han sido chamanes. También yo lo soy, y tú. Y, si bien nunca fuiste educado como tal, ese pasado corre dentro de tus venas. Fue tu sangre la que en un momento te grito: “Deja la civilización, vuelve con la naturaleza”;  y te trajo de regreso, a donde perteneces. Somos los últimos sobrevivientes de la familia, nuestra historia está grabada en esas paredes.

-¿Puede ser todo esto posible? Entonces: ¿Hable con un tigre?

-¡Ja!  ¿Te refieres a Borges? Sí. No estás loco, hablaste con él. Eso es posible aquí. También tuviste “Dunga, dunga” con una docena de nativas y escapaste con vida de los muertos vivientes. La isla te puso a prueba todo este tiempo; y saliste airoso. Es cierto que con la ayuda de Tahohae, pero eso no importa. Lo importante es tu regreso. Sé que tienes muchas preguntas más.

-¡Claro que sí! ¿Qué es lo que hago aquí? ¿Cuál es el propósito de mi regreso?

-Falta poco para que ocupes mi lugar. Por generaciones hemos sido guardianes de este mundo, y pronto te tocara a ti. Es tu destino. Y es el mío prepararte para cuando lleguen esos tiempos.

La respuesta no me sorprendió: Sentí, dentro de mis fibras más íntimas, que ya la conocía. Jefardreé volvió a sonreír, como si pudiera leer en mi mente. En mis pensamientos se instaló una nueva pregunta, que no llegue a formular de manera oral pero que mi abuelo capto de manera telepática: ¿Estamos en peligro?

-Nuestro mundo está amenazado. Alguien, allí de dónde vienes, ha creado una plaga. Una enfermedad que zombifica a las personas y está fuera de control. En estos momentos la civilización que conociste está agonizando sin una cura. La humanidad está canibalizándose a sí misma.

-¿Conoces al responsable de este apocalipsis?

-Sí. Su nombre es Jefardreé, El oscuro. Mi hijo, tu padre.

-¿Mi padre? Pero ¿Por qué? ¿Y qué hay de los López?

-Vayamos de a poco. Tu padre llevo al extremo sus conocimientos. Iba a sucederme. Pero su temperamento siempre fue oscuro. Quería aumentar los poderes que la magia y la lijunia le dieron; y luego, cuando los obtuvo, quiso usarlos para tomar el mundo; el egoísmo y la codicia, finalmente, lo devoraron. Conseguí expulsarlo de la isla con la ayuda de la tribu. 
La magia que creamos le impidió regresar. Pero encontró otra manera de volver. Desato la plaga en alianza con una secta. Así, tendría su posibilidad de volver y hacerse con la lijunia, que solo crece aquí. Cuando eras un bebe avizore la maldad en él y te entregue a los López en adopción, con el consentimiento de tu madre y para ponerte a salvo. 
Iba a destruirte; también a tu madre. Lo logro con ella. Temí por tu vida y por eso te sacamos de aquí. Cuando los poderosos de la Tierra descubran que la única cura posible a la enfermedad es la lijunia, seremos invadidos por los sobrevivientes. Y deberás ser fuerte como para defendernos.

-¿Por qué no les damos la lijunia y ya? Los misteriosos tripulantes del velero sacaron la planta de aquí. Es solo cuestión de tiempo el que descubran sus propiedades. El oscuro sabía que íbamos a tener que intervenir para detenerlo. Es la única salida: Debo regresar y enfrentarlo, abuelo. Me llevare a Borges conmigo, y al halcón. Los necesitare.

-¿Eso significa que regresaras e intentaras salvar a lo que queda de la humanidad? No, no debes hacerlo. Te equivocas, créeme: No merecen ser salvados. Sus crímenes contra la naturaleza son abominables. Debo recordarte que tu prioridad es proteger esta isla y a todos sus seres. Ahora que te atrajo es posible que no te deje partir.

-No podrás detenerme: O nos salvamos todos, o no se salva nadie. La isla es sabia y entenderá. Quizás no deba ir lejos. Tal vez el origen de la plaga está más cerca de lo que pensamos. Pienso en cierto crucero que conozco bien y del cual caí, antes de llegar aquí. Los primeros infectados que vimos eran los tripulantes de ese barco. Buscare respuestas allí, y salvare lo que pueda.

-La lijunia te ha vuelto un engreído. No es ese tu deber. Recapacita. Además: ¿Cómo lo encontraras?

-El halcón me ayudara.

-Se llama Verne.

-¿Verne? Bien, Borges y Verne y la lijunia. Y todo lo que pueda dar de mí. Veremos si es suficiente.

Este nuevo capitulo (el antepenúltimo de la historia) se corresponde con la iniciativa de "El Circulo de escritores" llamada "Desafío: Escribamos una novela juntos" del cual participo. Obra Titulada "la Isla y yo".






miércoles, 5 de agosto de 2015

LA ISLA Y YO – CAPITULO XXV – UNA VELA


LA ISLA Y YO – CAPITULO  XXV – UNA VELA
Por Karlos Dearma.

El hedor, ese insoportable hedor proviene de allí: De esos pobres y desprevenidos infelices devorados. La visión de esos esqueletos me repugna. El asco y los mareos hacen presa de mí, tengo náuseas y pierdo el equilibrio, caigo sobre la arena en cuatro patas y no puedo evitar vomitar. Doce intenta auxiliarme como puede. 

Intenta alzarme en brazos pero soy demasiado pesado para ella, ambos caemos. Permanecemos tirados sobre la arena cálida. Unos minutos después estoy algo recuperado. Mi compañera vocifera unas palabras inentendibles para mí:

-Lijunia desirata.

Me suena a lujuria y deseo, pero no. Señala el bosque tropical. La miro extrañado alejarse en esa dirección, para perderse luego en la espesura. Esta vez no siento temor por perderla. Estoy seguro que volverá.

Ha tenido la precaución de llevarme hasta la sombra que proyectan unas palmeras. Recostado en el piso, algo más tranquilo, trato de discernir el tenebroso hallazgo. ¿Quiénes podrían ser esos infortunados seres? ¿Acaso otros sobrevivientes del naufragio? ¿Cuánto tiempo llevarían allí? Muchas preguntas sin respuesta. 

Trato de no comerme el coco con ellas pero no puedo. Cuando creo que ese divague es algo inevitable, salgo de mi sopor con una visión que me altera.

Sobre el horizonte del océano se perfila en la lejanía una vela. ¡No puede ser! Me digo a mí mismo.  ¿Podrá ser otro espejismo? ¡Estoy loco! Ya no sé lo que es real y lo que no. Pero algo me dice que es cierto. Abro y cierro los ojos repetidas veces, y sigue allí. Su tamaño va creciendo de a poco: ¡Viene hacia la isla!

Intento levantarme. A pesar de la debilidad que me sujeta, tomo un palo que encuentro por allí y logro ponerme de pie, lo utilizo a modo de bastón para acercarme a la orilla. Quiero gritar pero no puedo. 

Solo consigo sacar de mi garganta agotada un hilo de voz, cuando escucho a alguien detrás de mí que me llama. Es Doce que se acerca corriendo con unas hojas en la mano. Me las enseña y pronuncia lo que entiendo por su nombre:

-Lijunia desirata.

Ambos nos miramos a los ojos. Me pego a ella y, sin mediar más palabras, la beso. Doce, aunque noto algo de confusión en su mirada, me devuelve una sonrisa. Se queda en silencio, observándome. Le señalo el horizonte y, tomándola de los hombros, la hago girar hacia la mar para contemplar juntos al velero que se acerca a la ribera.

La muchacha abre la boca con asombro y pega un grito, que me sugiere terror. Da vuelta sobre sus talones, mete sus dedos en mi boca y me introduce dentro la hierba, obligándome a masticar las hojas de la lijunia desirata; intento resistirme pero no me deja, hace el ademan de masticar y ella también las come conmigo. 

No entiendo esa actitud pero la imito. Lo que si comprendo es su desesperación por alejarme de la playa, tomándome de las ropas y arrastrándome hacia la selva.  Siento el miedo en ella y no intento disuadirla. 

Juntos y abrazados buscamos la seguridad del interior, mientras de reojo observo a ese navío acercándose al litoral y me pregunto: ¿Nos abran visto?, ¿Por qué debo temer? 

Este nuevo capitulo se corresponde con la iniciativa de "El Circulo de escritores" llamada "Desafío: Escribamos una novela juntos"del cual participo. Obra Titulada "la Isla y yo". 

jueves, 16 de julio de 2015

LA ISLA Y YO - CAPITULO VII - MISTERIO EN LA ARENA



LA ISLA Y YO – CAPITULO  VII - MISTERIO EN LA ARENA
Por Karlos Dearma.

Al día siguiente, cuando despierto, me doy cuenta que el Sol está muy alto. Quizás sea mediodía. ¡¿Cómo he podido dormir tanto?! Decido regresar a la costa: Debo hacerme de más enseres y, sobre todo, comida.

Recorro la treintena de metros que me separan del mar, esquivando las palmeras entre las que busque refugio, pateando cangrejos. 

Bajo a la playa. La arena me quema los pies, apuro el paso para evitar ese malestar y pronto estoy sobre el límite en donde las olas retroceden; más aliviado.

Un rápido recorrido visual alrededor cambia mi estado de ánimo. ¿A dónde han ido a parar las otras cajas? La marea no ha sido tan alta como para devolverlas al océano. Puedo divisar la línea de humedad a lo largo de la orilla. 

Miro a derecha e izquierda, escruto el cielo y horizonte marinos, y nada. ¿Será posible que hayan desaparecido?  Estaba seguro que habían quedado por aquí. O Tal vez esté equivocado, y mi cerebro y la memoria me estén jugando una mala pasada; camino hacia mi derecha en su busca.

El siguiente descubrimiento me altera: Encuentro huellas. Varias personas han estado aquí. ¿Acaso otros sobrevivientes? Entusiasmado corro tras de ellas, como quien persigue un premio, o un fantasma. Sigo el rastro hasta la espesura. Allí se pierden.

Una posibilidad se estrella contra mi mente y me detengo con el espíritu inquieto. Paralizado por el miedo, recuerdo ciertas historias acerca de los mares del sur y de las tribus melanesias. Relatos que hablan de náufragos y canibalismo.

Instintivamente retrocedo hasta la orilla, tropiezo y caigo, me levanto y vuelvo sobre mis pasos a la “seguridad” de mi refugio.  El peligro se cierne sobre mí. No tengo armas con que defenderme de ninguna amenaza.

Temblando me arrojo bajo mi tienda y cierro los ojos, la fiebre ha retornado. Unos minutos transcurren pensando en mi suerte. 

De pronto la selva se enmudece. No hay más ruidos de insectos, ni trinos de aves. Me incorporo e intento escuchar algo, lo que veo me horroriza: Un grupo de nativos armados con lanzas y aspecto feroz me vigila.

Alcanzo a ponerme de pie cuando siento un fuerte pinchazo en uno de mis glúteos. Un dardo esta clavado de manera profunda allí. Lo arranco e intento correr, alejándome de ellos: no puedo. Todo comienza a dar vueltas, no me es posible escapar, el veneno se apodera de mí. Grito por ayuda, solo para ver el rostro satisfecho de uno de mis cazadores, y pierdo la conciencia.

Unas horas después cuando despierto es de noche y estoy dentro de una olla de agua caliente, el calor me abrasa. ¡Me están cocinando vivo! Algunos hombres tocan sus tambores. Otros están cortando verduras. Un niño se acerca y arroja el contenido de una canasta dentro de la marmita. Toma una gran cuchara de madera  y prueba el sabor del guisado. Sonríe con satisfacción. 

Estoy a punto de transformarme en la cena, cuando un grupo de mujeres se hace presente. La música se detiene. Una gran hembra de semblante cabreado parece dirigirlas, los hombres la observan enfadados cuando pega el grito:

¡Dunga, dunga!-el resto de sus compañeras repite a coro ¡Dunga, dunga!- Es sabido el poder omnímodo del matriarcado en estas aguas. 

Unos muchachos me sacan del estofado y soy conducido a una choza. ¡Maravillosas mujeres, me han salvado la vida! Pero ¿por qué? Pronto recibo la visita de aquellos 120 kilos de carne trémula, grandes caderas y tetas.

Sonriente, la saludo y me presento:

Gracias, señora, mi nombre es López. La gorda me cae encima y grita: ¡Dunga, dunga!

Este capitulo se corresponde con la iniciativa de "El Circulo de escritores" llamada "Desafío: Escribamos una novela juntos"del cual participo. Obra Titulada "la Isla y yo". 

viernes, 12 de junio de 2015

HELENOS EN TROYA


HELENOS EN TROYA
Por Karlos Dearma.

La Guerra de Troya ha despertado, en todas y todos aquellos que han leído los versos de Homero, la imaginación heroica de muchas generaciones: El rapto de Helena por Paris, los celos de Menelao y la ira de Agamenón, la expedición de los griegos con sus barcos lanzándose al mar, los combates entre héroes y la valentía de Héctor, los caprichos y el dolor de Aquiles ante la muerte de Patroclo, y, al final, el pérfido caballo.

Pero antes de continuar con esa historia es mejor que me presente. Nací como Francisco Berazategui; mi padre era un humilde herrero, español de nacimiento, que dejo su patria a fines del XIX para hacer la América. Cuando era niño me enseño el oficio que, nunca pensé, ejercería en la vieja Micenas.

La historia acerca de mi viaje en el tiempo pues tiene sus comienzos allí en la herrería de mi progenitor. Fue cuando un extraño visitante se hizo presente buscando un empleado para hacer reparaciones en la casa que rentaba a mis vecinos, los Zubizarreta. El profesor Luis Drago tenía aspecto de loco y un poco chiflado estaba, pero era un genio.

Mi padre le ofreció mis servicios, a cambio recibiría algo de dinero y clases de ciencias.

Comencé por estudiar con don Luis el idioma griego, una experiencia martirizante. Recibí clases de matemáticas, física y otros muchos conocimientos científicos. No entendía muy bien la utilidad de todo ello pero era joven, todo se aprende más rápido y no se me ocurrió cuestionarlo.

Al cabo de un año me había transformado en su asistente y según mi maestro estaba listo. Drago me mostró su “invento”: La máquina del tiempo. Sería el primer viajero que regresaría al pasado. Me hablo de la trascendencia del hecho y de su importancia para la ciencia; me convenció de que no había peligro para mi persona, mintió. Sin embargo, yo acepté. Fui lanzado entonces hacia el pasado a la velocidad de la luz, montado al ingenio creado por don Luis.

El aparato resulto destrozado pero conseguí llegar a las arcaicas tierras griegas. Me instalé en Micenas: Una gran ciudad amurallada, habitada por personajes importantes, guerreros, comerciantes y grandes artistas de los que aprendí mucho. 

Trabajaba como artesano del metal y, en mi condición de tal, fabriqué muchas de las armas que hirieron y mataron en aquella infame guerra. Es por eso que su rey me arrastro tras de sí en su campaña contra Ilion: Le era útil. Me vi entonces navegando la mar hacia unas tierras que, en aquel momento, me eran extrañas, tras una guerra en la cual nunca quise participar. Sentí que, por su tremenda importancia, no tenía alternativa.

Fui testigo de cómo la orgullosa ciudad de Troya ardió. Acompañé a Menelao, en medio de la destrucción, a la búsqueda de su amada Helena y en una oscura habitación de palacio me sorprendió la verdad de tan ominosa matanza. No existía tal Helena sino un joven y bello muchacho, travestido, llamado Helenos. Los griegos siempre tuvieron gustos particulares en cuanto a lo sexual y Menelao no era una excepción.

Cuando volví a Micenas conseguí reparar la maquina pero nunca regrese a mi época. Siglos después tuve una polémica con Homero en torno a esta rara cuestión.  No me creyó en los siguientes términos: “Aun si fueras un viajero del tiempo y hubieras sido testigo, como dices, no me atrevería a cambiar la versión de los hechos por todos conocida, porque ello traería una enorme vergüenza a todos los griegos”. 

Por culpa del honor y el orgullo heroico, la verdad sobre Troya termina siendo esquiva.


Este relato participa del concurso de relatos "La maquina del tiempo" organizado por "El Circulo de Escritores"