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miércoles, 4 de mayo de 2016

EL CUERVO (CUENTO CORTO)




EL CUERVO
Por Karlos Dearma.

La silueta de tres mástiles manifestaba, a los ojos de quienes podíamos admirarla, su rara magnificencia, oponiendo su lobreguez a la claridad de la luna. Todo en aquel barco era fantasmal, y la entera bahía parecía estremecerse ante esa presencia tenebrosa. En la cubierta pude observar el movimiento de hombres culminando con la maniobra. Un instante después, El Cuervo lanzó el ancla, que se hundió, profundo en el mar, enviando al aire una nube salada de burbujas y espuma.

Todos en la isla Tortuga conocían las historias acerca del navío, su tripulación maldita, y su no menos temido capitán. Decenas de veces sus hombres y mujeres se habían lanzado al abordaje, otras tantas habían saqueado a cualquier presa que estuvo entre sus manos. Varias veces estuvieron a punto de caer, es cierto, y otras tantas habían logrado escapar de las armadas inglesa y española. Como cuando su capitán, el inefable Charles Hendricks, perseguido por tres navíos de la Armada Real Británica, huyó a través de un huracán cerca de Barbados: Solo El Cuervo logro salir indemne del trance.

Todo pirata, que se preciara de tal, quería formar parte de su dotación. Pero aquella posibilidad era un tesoro reservado para pocos, solo las mujeres y los hombres más feroces, pues las condiciones de admisión impuestas por su jefe eran de las más duras.

Desde que había abandonado las calles de Londres, para embarcarme como grumete en un navío mercante, a mis jóvenes 14 años, había deseado obtener un tesoro parecido a ese. Las extrañas circunstancias de la vida habían hecho caer a mi nave presa de los bucaneros; todavía más extraña había sido la casualidad de no compartir la muerte con mis compañeros de infortunio: El grumete de la nave pirata había muerto en la refriega, y, el ancho capitán del Cazador, Owen Mason, me ofreció el puesto a mí; como podrán darse cuenta, fue imposible decir que no.

Eso me permitió salvar el pellejo, llegar hasta Tortuga y trocar mi vida anterior de vagabundo por la de pirata.

Las condiciones como tripulante del Cazador distaban de ser las ideales. Es por ello que andaba a la búsqueda de una alternativa. El Cuervo parecía una buena opción, solo que debía escapar de las garras de Mason, intentar dar pruebas de valor a Hendricks, y, entonces, tal vez, tuviera una oportunidad.

Tuve la ocasión la siguiente noche, en La Raja de Oro. La Raja era la taberna más concurrida de la isla, y, suponía, hacia allí se dirigirían los marineros del Cuervo, incluido su capitán. Llegué temprano y el ambiente era festivo; todos bebían alegremente. Vi a Hendricks en una mesa bebiendo ron, solo. Pensé en la manera de acercarme pero tenía miedo de la leyenda y eso me contuvo.

Algo llamó mi atención: Otro hombre, que bebía solo y permanecía serio, parecía el único allí dentro que no se divertía; su expresión era de odio, más bien parecía estar acechando al capitán del Cuervo.

Se puso de pie y se dirigió a la mesa de Hendricks, sin que este lo viera. Vi que llevaba su mano a la empuñadura de una daga. Corrí para impedir la traición. Me arrojé encima del agresor en el último instante, pero con la mala suerte de recibir la cuchillada en el hombro. Grité de dolor; sentí como mi tibia sangre brotaba del tajo.

Cuando se preparaba para matarme, una espada lo atravesó. Era Hendricks. Me había salvado la vida y yo a él. Con voz grave, me dijo:

-Debo darte las gracias. ¿Quién eres?

-Mi nombre es James Rock y quiero ser parte de su tripulación.

continuará ...


Este cuento participa del concurso organizado por "EL CIRCULO DE ESCRITORES" llamado "PIRATAS ... ¡AL ABORDAJE!"

jueves, 19 de noviembre de 2015

EL ÚLTIMO COMBATE DE ANKH, EL NUBIO


EL ÚLTIMO COMBATE DE ANKH, EL NUBIO
Por Karlos Dearma.

El gruñido que salió de ese agujero sucio y pestilente, con aspecto de madriguera, me conmocionó. El sonido era algo difícil de describir, parecido al de un cerdo hambriento devorando, quizás al de un lobo masticando a una víctima. Bueno, los lobos abundan en aquella estepa, aunque rara vez se aproximaban a la ciudad.

Solo cuando los guardias entraron en la jaula advertí la cadena en el piso; la formaba una larga hilera de eslabones que entraban en la catacumba donde permanecía oculto mi contrincante.

Mi amo, SETH, el egipcio de Bubastis, sonrío. Y en su sonrisa macabra adiviné el brillo del oro. 

-Pelearás con él.

Me dijo, señalando la oscuridad de la cueva.

-No pelearé contra ningún animal, SETH. Deberías saberlo de sobra.

-Eres mi esclavo, ANKH, y harás lo que te diga.

-Sabes bien que nunca hago lo que dices. Peleo sí quiero. Mato al que se me da en gana. Y hoy no mataré a ninguna bestia. ¿Entiendes?

-Eres un insolente. Un día de estos te haré azotar y dejarás de hacerte el atrevido. Esta no es ninguna bestia, nubio. Mira bien.

SETH hizo un ademán a los guardias. Cinco de ellos levantaron la pesada cadena y tiraron con todas sus fuerzas. El animal se resistió, lanzando fuertes sonidos guturales, que parecían pertenecer a un engendro salido del mismo infierno. 

Los hombres insistieron con mucha dificultad, pero de a poco fueron juntando más y más eslabones, y la cadena se fue acortando. Una nube de tierra y arena se levantó en el lugar y pude advertir el brillo del sudor que corría por las caras de esos guerreros.

Al final el misterioso ser apareció entre el polvo, lanzando un alarido que estremeció a todos los presentes: Nunca había visto algo así. Soy un hombre corpulento y fuerte pero la horrible bestia erguida era dos cabezas más alta. Las facciones no eran humanas. Su cara parecía la de un toro, sus piernas eran como las de un macho cabrio pero más largas, la parte media de su cuerpo y los largos brazos eran lo más parecido a un humano que había en él, pero cubiertos con un brillante pelo negro.

-¿Qué es eso, SETH?

-No lo sé, ANKH. Nadie lo sabe. Su propietario troyano dice que lo atraparon cuando la nave en que viajaba cayó del cielo.
Debe ser cierto. No hay animal u hombre que se le parezca en esta tierra. Tú lucharás contra él, y si vences serás libre. Lo prometo. Ganaré mucho oro si eso sucede. Si mueres me pagaran, y ese será el merecido castigo que recibirás por todas tus ofensas hacia mí. Si rechazas pelear, te mataré. También debo decirte que esa cosa ha matado a todos los guerreros que enfrentó.

Dicho esto SETH volvió a sonreír con malicia. De casi cualquier manera iba a salirse con la suya.

Por la tarde todos estábamos en el circo donde miles de troyanos esperaban por el combate final. Durante horas decenas de luchadores habían estado matándose entre sí, y el olor a sangre y muerte apenas era mitigado por los perfumes quemados por los sirvientes. Un instante después las jaulas se abrieron y saltamos en la arena, mirándonos sin odio: Uno de los dos iba a morir y ambos aceptábamos las reglas.

El humanoide tomó entonces su lanza y la arrojó hacia la tribuna. Pude ver como atravesó a mi amo, SETH, causándole la muerte. Luego la bestia se arrodilló, mostrándome los dientes, y en lo que parecía una mueca de sonrisa, me dijo:

-Mátame.

Cumplí con su último deseo y fuí libre.



Este cuento participó del concurso organizado por "El Circulo de Escritores" llamado "Concurso relatos de Gladiadores".

lunes, 28 de septiembre de 2015

RESPETA A LOS MUERTOS


The resurrection of Jane: Respect the dead*   (*La resurrección de Jane: Respetá a los muertos.)
Por Karlos Dearma.

Hundida en las profundidades de mí mente estaba aquella inmensa llanura. Lo sabes bien: Todo es más grande en los recuerdos de la niñez. 

En mis memorias de aquel día el crepúsculo la pintaba de manera caprichosa con su paleta de amarillos, rojos y anaranjados.

Todo el paisaje semejaba un océano de pastos secos, salpicado de rocas y algunos arbustos pequeños,  azotado por el Sol decadente del verano. Hasta un tiempo después, cuando aprendí a pronunciar la misteriosa palabra, no la llamé Texas.

Íbamos hacia el norte, en nuestra carreta,  conversando y cantando; los hombres a caballo, guiando un rodeo de vacunos en dirección a Abilene. Allí subirían el ganado al ferrocarril rumbo al Este, y se ganarían una buena suma de dinero. 

O eso era lo que esperaban mis padres. Nunca llegaríamos. Lo que sucedería en esa travesía marcaría el final de mi niñez, y el comienzo de mi existencia como una maldita.

El mundo es un lugar cruel, en donde la maldad cabalga libre, a la búsqueda de incautos e inocentes, para darles alguna de sus estudiadas zancadillas. Eso fue lo que sucedió con mi familia.

Recuerdo el asalto, sus rostros, y acciones; lo guardé todo en mi memoria hasta el día de hoy. Un grupo numeroso de jinetes sucios, haciendo ladrar sus armas con aullidos de plomo; gritos de dolor, y, al final, algunos pedidos de clemencia. 

No hubo piedad con nadie. Me dieron por muerta y cuando todo terminó era la única que quedaba con vida. Fue su error.

Cuando los ruidos cesaron, salí como pude de bajo una pila de cadáveres: Todos mis hermanos estaban muertos, la banda había desaparecido. 

No lloré, busqué otra cosa y la encontré: Una Colt. Era una niña pero sabía cómo usarla, y caminé. Caminé. Caminé buscando a mis padres. Entre todos aquellos rostros sin vida los hallé. Y también a un hombre. Uno de los asesinos se había quedado rezagado, intentando quitarle su anillo de oro a uno de los caídos.

Amartillé la Colt, y fui por él; quería respuestas. Cuando estuve lo suficientemente cerca sintió mi presencia y alzó la vista para mirarme.

-Niña. Será mejor que bajes ese revólver: Vas a hacerte daño.

-Deja a ese hombre en paz y ponte de pie.

No me hizo caso. Tengo a Dios por testigo. Cuando quiso sacar su arma, le disparé. Dio una vuelta en el aire y cayó, levantando una nube de tierra. 

Le observé. Cuando el polvo se disipó vi a un hombre de rostro desencajado, con el pecho manchado de rojo carmesí, mirando al cielo.

Un momento después se movió. Aún respiraba, pero con dificultad. Intentó arrastrarse para alcanzar su pistola y devolverme la ofensa, no lo dejé. Recordé algo que me dijo mi abuelo. Una de esas enseñanzas que no se olvidan y siempre se cumplen,  y la repetí en voz alta:-¡Respect the dead!*

Cuando volví a jalar del gatillo, un grupo de longhorns asustados salió en una estampida y ya nada volvió a ser igual; estaba sola en el mundo y había matado a un hombre.

continuará ...

Escrito para el círculo de escritores. Edición: RELATOS DE COWBOYS (El Extraordinario Oeste) 




sábado, 19 de septiembre de 2015

LA MANSION CROW MIRROR - CAPITULO VII - SOLO CON LOS BLUES EN NEW ORLEANS


Por Karlos Dearma / Este capitulo se corresponde con una iniciativa de "El Circulo de Escritores" llamada "Desafío 3: Escribamos una novela juntos". Se trata de una historia detectivesca y fantástica. Tuve la audacia de hacer un "crossover" con una de mis propias historias: La protagonizada por el detective Richard Callahan (Un policía "duro", al estilo clásico, de mi creación, que aparece aquí de manera breve). Espero les guste y recomiendo la escucha simultanea de las canciones. Saludos  




Robert Johnson


Lightning Hopkins




La mansión Crow Mirror – capitulo VII – Solo con los blues en New Orleans
Por Karlos Dearma.

Cuando Peter Mongabay despertó estaba solo.

Se preguntó si la extraña mujer de los cabellos negros había sido parte de un agradable sueño. Al principio no hallo respuesta a su pregunta; la resaca le impedía pensar con normalidad. Nadie más que él estaba en la habitación. 

Volvió a encender un cigarrillo y miro la hora: La 1 y 5 minutos en la madrugada. Esa mujer no podía ser un espejismo y su propuesta de dejar de lado el “asunto” tampoco. Maldijo su falta de memoria. Lleno sus pulmones de humo en una larga pitada y fue hasta la ventana. 

Se le ocurrió abrirla: Desnudo como estaba, el viento frío de la noche le clavo sus espinas en la piel. Aspiro un poco del aire fresco y cerró nuevamente; no era cuestión de pescarse una gripe.

Unos minutos después y con la mente más limpia llego a una conclusión: Por la presencia de dos vasos con restos de whisky sobre la mesa ratona del cuarto y el desorden en que estaba la cama, intuyo que la mujer había sido algo real. Después de todo era detective. Solo que no recordaba ciertos detalles y tampoco el nombre. ¿Acaso se lo había dicho? Muy probablemente no. Busco relajarse un poco.

Encendió la radio y dejo el volumen bajo: No tenía la intención de molestar a nadie a esas horas. Busco la emisora de Blues y se hecho en un pequeño sillón. Una voz cavernosa le hablo desde el éter: -Esta es la WBRKO de Jackson, Mississippi, y es el momento de los clásicos del Blues. Desde ahora y con ustedes la música del legendario Robert Johnson, y su tema: Me and the devil-.

El locutor se hizo silencio y la guitarra comenzó a lanzar sus lamentos por los parlantes. 

Desde los primeros acordes un flujo de electricidad pareció recorrerlo; imagino al bluesmen vestido como un guerrero, golpeado por el rayo de Zeus. La voz temblorosa de Johnson sonaba realmente triste. Peter tuvo la certeza de que se trataba de un ser condenado. 

Nunca había escuchado esa canción, pero una parte de la letra le hizo sentirse identificado con el cantante: “Me and the devil are walking side by side, me and the devil… Uuh! are walking side by side”. 

En algunos momentos de su vida creyó que el Diablo caminaba a su lado. A veces incluso le atribuyo al maligno, y no a la santa providencia, sus rachas de buena suerte. Después de todo había sobrevivido a una guerra; asesinando gente: Eran otros desesperados como él, empujados a un sin sentido, en nombre de Dios y la patria, luchando por sobrevivir. Condenándose.

Sirvió un vaso de whisky y bebió. Quiso poder volver a dormir pero se conocía. Tuvo una idea. Tomo el teléfono y una adormilada operadora le contesto:

-¿Si?

-Operadora. Por favor, necesito que me comunique con el siguiente número en Dodge City.

Un minuto después el teléfono llamaba. Del otro lado de la línea un hombre insomne, en una habitación pequeña y con la compañía de una bella durmiente rubia, aporreaba las teclas de un piano. 

Escucho el ring, pero no atendió. Aspiro más humo de su cigarrillo. Y siguió tocando. Solo cuando la mujer despertó y  le pregunto si no iba a atender el llamado se detuvo. La miro y con seguridad le respondió:

-Se quién es.

-Ah, ¿Si? ¿Y quién puede ser a estas horas?

-Un amigo, Mongabay. Estuvimos juntos en el ejército.

El teléfono no paraba de sonar, la rubia contemplo el aparato, y el detective, Richard “Ringo” Callahan, se levantó de mala gana y tomo el tubo.


-Peter, ¡¿Qué demonios?! ¡Son más de la una de la madrugada! Esto no es New Orleans, es Kansas.

-¡Déjate de estupideces, Callahan! No estabas durmiendo, lo sé. Intuyo que estabas al piano, y me imagino que una mujer te hace compañía durmiendo en tu cama.

-La acabas de despertar.

-¡Es tu culpa, Ringo! Por no atenderme antes.

-¿Qué quieres?

-Cierta información, Richard. Se trata de una firma de abogados. La maneja un tal Cromwell.

-¿James Cromwell?

-Exacto. ¿Le conoces?

-No es trigo limpio, créeme Peter. Estas a punto de hundirte en la mierda si te metes con ese tipo. Si existe el abogado del diablo debe ser él. ¿En qué andas metido?

-Me contrataron para encontrar a un hombre. Un tal Samuel Williams. Desapareció hace unos meses atrás. Su esposa lo busca.

-Sigue mi consejo: Déjalo.  Posiblemente esté muerto. Y tal vez termines en un zanjón con una bala en la cabeza, al igual que él, si es que anduvo en tratos con Cromwell.  Mañana subo a un avión rumbo a Londres, para ese entonces ya no estaré cerca como para cuidarte. Hazme caso.

-No te preocupes por mí, ya no soy un niño. Me cuidaré solo.

Se despidieron. Luego de colgar Ringo siguió con la melodía. Miro a su rubia y sonrío. Del otro lado, Peter quedo pensativo. Desde la radio sonó otra canción: Lightning Hopkins pedía que le traigan un arma. 





sábado, 24 de enero de 2015

LA LECTORA


La Lectora
Por Karlos Dearma.

“¡Qué mujer!” La vio venir caminando con aire despreocupado como si fuera una actriz, vistiendo de rojo apretado y robando miradas.

 Tenía un cuerpo que le pareció cincelado por los mismos dioses, o quizás por Miguel Ángel. Se sentó en una mesa del bar sobre la vereda, su único equipaje era un libro. Un aire de intelectual sexy la rodeaba. 

Galante, se acercó y la observó mejor: Largo cabello oscuro que caía como una cascada sobre su espalda, rostro armoniosamente bello como un arco iris, piel como un prado verde acicalado por el viento y carnosos labios color carmín que le provocaron deseos de besarla; sus ojos intrigantes de color almendra parecían un regalo egipcio, de naturaleza hipnótica, aquellos de los que se niegan a revelar sus misterios.

Soñó despierto: Cerró los ojos y la imaginó saliendo del mar con un vestido mojado y transparente, que le permitía ver la silueta desnuda; seguido, corría hacia él con sonrisa radiante, se prestaba para sus caricias suaves y le hacia el amor, terminando abrazados sobre la arena.

Luego vino el golpe en la boca del estómago. Las piernas no lo sostuvieron más y cayó de rodillas intentando respirar. No pudo, sintió que se ahogaba. Le sobrevino un ardor en el pecho, la cabeza comenzó a darle vueltas y pensó que le iba a estallar o que se iba a desmayar.

Se sentó en el piso, aspiró profundo y luego exhaló con calma varias veces intentando recuperar el aliento. De a poco se sintió mejor.

Frente a él estaba parada la mujer de rojo que con dedo inquisidor y manifiesto desdén le dijo: “¡No soporto a los atrevidos!”.

La lectora de sus pensamientos bajó por la calle dándole la espalda. La vio irse dando golpes con sus tacones sobre el empedrado, todos le miraron a él pero luego se dieron vuelta para verla a ella. La visión de la mujer alejándose no dejaba de ser magnifica.

Nota: Este cuento fue escrito para participar del "Concurso de Microrrelatos: MICROLOVE II" propuesto por los administradores del blog "EL CIRCULO DE ESCRITORES". De nuevo el entusiasmo me llevo a excederme en la cantidad de palabras de la consigna. No lo envié y aquí se los presento. 


sábado, 17 de enero de 2015

LA ESPERA


La Espera
Por Karlos Dearma.

Los médicos habían perdido las esperanzas, su final era próximo. Observó desde su cama el paisaje que le mostraba la ventana: Era un hermoso día de sol, "un buen día para morir", pensó, tal vez en una cuestión de horas o algunos minutos.

Esperaba con ansiedad la visita de su amada. Había imaginado el momento: fantaseo que ambos se tomarían de las manos, se unirían en un abrazo y quedarían congelados en un eterno beso.  La deseaba.

Luego llegaría el final. Con ello intentaba consolarse pero también esperaba lo peor: Una larga agonía en soledad, terrorífica y dolorosa (no soportaba el dolor, había tenido ya demasiado de ello)

 Por suerte para él no fue así.

La muerte, o como él la llamaba “su amada”, se hizo presente empujando la puerta y colándose en su habitación. La había deseado tanto que le abrió los brazos y sonrío, esperando su gélido beso.
Su “amada” se entregó a él y no lo defraudó: Le quito el aliento dejándole una sonrisa en la cara. 


Nota: Este cuento participó del "Concurso de Microrrelatos: MICROLOVE II" propuesto por los administradores del blog "EL CIRCULO DE ESCRITORES"

martes, 30 de diciembre de 2014

RECONOCIMIENTO


Muchas gracias al circulo de escritores por este nuevo premio !!! Gracias al jurado y mis felicitaciones a todos los ganadores y participantes. Una nueva alegría para coronar un 2014 fantástico en lo literario (me hacen sentir muy bien y muy mimado). Un gran abrazo y Feliz comienzo de 2015 !!! 

Enlace al cuento : http://karlosdearma.blogspot.com.ar/2014/12/el-pacto.html

viernes, 12 de diciembre de 2014

SIBELIUZ


SIBELIUZ
Por Karlos Dearma.

Sibeliuz era apenas un engranaje más del sistema. Su tarea, por demás monótona, consistía en buscar infractores a las leyes del Estado. Era uno de los encargados de revisar la correspondencia digital y encontrar, entre esas miles de misivas, potenciales enemigos del régimen que gobernaba con mano dura las Tierras del Norte. Era conocida sobradamente la actividad de grupos rebeldes que periódicamente saboteaban las instalaciones militares y civiles del gobierno; y a pesar de los esfuerzos y recursos destinados  a sofocar dichas actividades, las mismas continuaban e incluso podía decirse que aumentaban en intensidad día a día.

Su labor en la secretaría de informaciones le insumía una gran parte de su vida. Sibeliuz buscaba entre los miles de mensajes, con ayuda de un descifrador electrónico, palabras consideradas subversivas: Entre ellas democracia, justicia social, igualdad, libertad, como así también represión, dictadura, dictador, u opresor conceptos que ofendían al “conductor“ del gobierno. Su eficacia era conocida. Gracias a él centenares de opositores habían sido capturados y ello le había permitido ascender varios espacios en la jerarquía del gobierno. Ahora dirigía su oficina, apenas una miserable cuota de poder, pero ello le enorgullecía pues recibiría del mismo líder una medalla.

La paranoia del líder, llamado Éufrates “El Iluminado”, llegaba a extremos de locura: Varios de sus íntimos habían sido incluso eliminados y era difícil acercarse a él. Pero ésto no se sabía más allá del círculo de cercanos al gobierno y era un delito difundirlo, penado con la muerte.

Arika, la novia de Sibeliuz, también trabajaba para el gobierno, aunque sus funciones eran diferentes: Formaba parte de los grupos policiales de élite encargados de capturar a los desobedientes. Cualquier actividad opositora, ataque u ofensa al líder (podía ser una simple broma) llevaba a la cárcel y posteriormente a la muerte. Arika era a su vez un elemento destacado de los GP y no sorprendió a nadie cuando fue convocada a la entrega anual de medallas a los servicios distinguidos, premio que le sería entregado por el mismo Éufrates.

El día de la ceremonia ambos novios partieron juntos al palacio presidencial, Sibeliuz la amaba y estaba orgulloso de ella. Cada uno formó junto a su tropa y todos esperaron la llegada del líder, hecho que se produjo puntualmente. El acto comenzó con un discurso breve, exaltando a los cadetes, seguido por la entrega de las medallas. Luego sucedió lo inesperado: una bomba estalló destruyendo el lugar, produciendo una gran cantidad de muertos y heridos; la plana principal del gobierno había muerto pero el líder salió ileso (El atentado había fracasado en ese punto) Arika fingió cubrir al líder pero luego, extrayendo su arma reglamentaria, le disparó varias veces matándolo en el acto. 

Sibeliuz, indignado sólo pudo preguntar: ¿Porqué? Arika lo miró y no respondió, le apuntó con su arma pero antes de poder gatillar fue derribada por una ráfaga de balas.


Devastado, Sibeliuz cayó de rodillas, sollozante. Unos minutos después, consolado por sus compañeros, pudo ponerse de pie. Entonces comprendió: Ahora que su padre había muerto sería él mismo el líder. Sibeliuz “El iluminado” camino entre los escombros, buscando la luz que le señalaba la puerta  y abandonó el lugar. 



Este cuento corto fue premiado por "El Circulo de Escritores" en el "8vo. Concurso: Relato basado en una imagen"