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miércoles, 24 de junio de 2015

EL AMOR... ESE PERRO DEL INFIERNO /// Capitulo 6



El Amor... ese perro del infierno VI
Por Karlos Dearma. 

Will Smalls era el progenitor de un joven llamado Junior. El vástago pretendía seguir los pasos de su padre en el mundo del hampa. Will no estaba convencido. Sentía el cariño que cualquier padre siente por su único hijo. Pero tenía otros planes para él, y estos no pasaban por la carrera de la delincuencia. Deseaba que Will Junior siguiera sus estudios en abogacía y así, tal vez entonces, acercarlo a su mundo, pero como un hombre de negocios.

El muchacho no quería estudiar, ambicionaba el ser un “soldado” más en la banda. Era un luchador callejero nato, probado en muchas riñas. Le gustaban las acciones temerarias y desmedidas de los tipos duros como su padre, le admiraba.  Ese día en que Will decidió subordinarse a la autoridad de Auggie se lo reclamo:

-Padre, déjame ir contigo. Sé cómo comportarme.

Will no escucho a un hombre en él, escucho a un niño. Sus ideas eran otras, aun así no pudo dejar de sentir cierto orgullo por el muchacho, en el cual se sentía reflejado como un espejo. Le respondió meneando la cabeza:

-No eres un cobarde hijo, lo sé. Y me alegro. Pero habrá tiempo para estas cosas, lo prometo, hoy no es el momento.

El joven se sintió humillado pero no desobedeció. Algo en el tono de voz de su padre termino por convencerle. Agacho la cabeza, se despidió de Will y regreso a casa como su padre lo pidió. Ninguno de los dos suponía que sería la última vez que se verían con vida.

Will Smalls preparo a cinco de sus hombres y partieron juntos en dos autos a la búsqueda de Callahan, tal cual Meyers les había ordenado.

Mientras tanto, en la casa, Ringo esperaba su futuro próximo con ansiedad. Sabía que lo iban a entregar a Meyers. Su tiempo parecía haberse acabado. Para él quedaba solo la incertidumbre del destino que podría fijarle Auggie. 

El alemán repartió a sus hombres por la casa, colocándolos en lugares estratégicos. Kurt en el techo, su hermano Rolf Heinrich en una de las ventanas y el otro hermano, Michael, en la puerta. Tensos minutos se sucedieron mientras la morena Rebeca fumaba un Marlboro tras otro, arrojando el humo con desdén y escudriñando burlonamente a Richard.

Al final los dos autos se detuvieron frente a la residencia de Hank. Los matones descendieron, Bukowski se asomó a una de las ventanas y despreocupadamente salió al Jardín acompañado por Rebeca, y Michael arrastrando a Callahan, amarrado como estaba con sus manos por delante. La visión sacó de quicio al alemán: ¡Will Smalls, que demonios hacia aquí! Envalentonado por el alcohol, lo increpó:

-Will, rata traicionera: ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Meyers?

Will también se sorprendió e instintivamente dio un paso atrás. Ninguno de los dos sabía que iban a encontrarse. Ambos habían sido amigos y socios hasta que Smalls se quedó con unos dineros indebidos,  y la mujer de Hank; el alemán nunca se lo perdonó. Juró que lo mataría. Auggie no lo sabía cuándo lo envió allí y ese fue su error. Will intentó mostrarse conciliador:

-Escucha alemán. Meyers me envío por Callahan, dejemos ahora de lado nuestras diferencias, luego podremos hablar.

-¿Con que quieres hablar? ¿Vas a pedir perdón? ¡Maldito hijo de perra, debería matarte ya mismo!

-Será mejor que te calmes. Entrégame a Ringo y ya. Olvidaré tus insultos.

Hank, lejos de amedrentarse, le apuntó a Will con su Luger. Smalls retrocedió otro paso y sus hombres sacaron las armas. Rebeca se asustó y miro con miedo a Richard, que no llegaba a comprender del todo lo que estaba sucediendo. Unos segundos trascurrieron lentamente, con todos observándose entre sí  y sin atinar a hacer nada. 

Luego sucedió algo inexplicable: Uno de los hombres de Smalls, asustado, le descargó un escopetazo a Michael Heinrich, volándole literalmente la cabeza de los hombros. El cadáver cayó de rodillas, accionando el gatillo de la ametralladora Thompson que llevaba en sus manos: Una lluvia de balas roció  uno de los automóviles matando a su chofer, que murió golpeando su cabeza contra el volante. Callahan alcanzó a rodar por el suelo, evitando ser herido.

Los otros Heinrich, horrorizados por la muerte de su hermano, comenzaron una balacera contra los hombres de Will que respondieron los disparos, refugiándose tras los autos.

La siguiente en caer fue Rebeca, que quedó atrapada en la línea de fuego y fue acribillada. Su cadáver cayó entre las flores del jardin. Ringo se arrastró hacia ella y, luego de constatar con pesar que estaba muerta, le sacó el calibre 32 que traía encima, hiriendo de varios disparos al propio Smalls.

Pudo incorporarse y esquivando las balas corrió hacia una de las ventanas, saltando dentro de la casa buscando refugio; a salvo se reunió con Bukowski que había recibido un balazo en el brazo derecho. Este lo desató y puso en sus manos una pistola Colt y varios cargadores.

La gente suele cambiar de opinión con una rapidez asombrosa, pensó Richard. 

Los números se habían emparejado y el tiroteo continuaba.  Pero no por mucho tiempo. Los guardaespaldas de Smalls subieron a su jefe malherido a uno de los autos y, sin perder tiempo, huyeron de la escena.

Callahan le saco un paquete de cigarrillos al alemán del bolsillo delantero de la camisa. Encendió con pereza uno, aspirando de manera varonil su humo, tratando de saborear el gusto para luego fabricar una aureola en el aire. Con mirada triste recordó a Rebeca. La reyerta había terminado.

FIN DE LA PRIMERA TEMPORADA
 

miércoles, 17 de junio de 2015

EL AMOR... ESE PERRO DEL INFIERNO /// Capitulo 5




El Amor... ese perro del infierno V
Por Karlos Dearma.

Golpeó la puerta con insistencia pero nadie salió. Así eran las cosas con el alemán Bukowski: O volvías otro día o derribabas la entrada. No había tiempo para lo primero pero antes de llegar a lo segundo, Ringo, le pego una vuelta a la casa. Descubrió una de las ventanas abiertas y por ella se deslizo como un gato. 

La oscuridad más espesa lo recibió, busco la llave de la luz para ahogar sus negruras. 

Cuando la encontró apareció, ante él, un paisaje devastado. Dentro todo era gran desorden y mugre: Papeles y restos de envoltorios de comida regaban los pisos y las habitaciones; camino por un pasillo, pateando botellas vacías de cerveza y vino, buscando al alemán. Hizo silencio para escuchar sus estentóreos ronquidos en una estancia cercana. Y hacia allí se dirigió. 

-¿Alemán?

No obtuvo respuesta, Hank Bukowski dormía en un sillón, como un oso hibernando, abrazado a una botella de whisky. Intento despertarlo atizándole un golpe en la barriga: Solo lo hizo toser un poco. 

Lo cacheteo un tanto como para hacerlo reaccionar, no logro resultado. El borrachín no estaba para nada ni nadie más.

Decidió ponerse a buscar lo que necesitaba. Paseo por las habitaciones de la casa y no encontró ningún arsenal. ¿En dónde estaban las armas? Buscó y buscó. 

Detrás de unas cortinas apareció de pronto una puerta disimulada. La empujó y encendió una bombilla que le revelo una escalera descendiendo a un sótano. 

Bajo por ellas sin dudar y allí estaba el arsenal de Bukowski, muchas cajas. Hank se había hecho una reputación como traficante y sus contactos le dieron carta blanca para actuar: Para ello debió sobornar a mucha gente pero su negocio era próspero, al menos por ahora.

Callahan comenzó por abrir los cofres y pronto junto lo que necesitaba. Un par de ametralladoras Thompson con cargador cilíndrico, granadas mk1, munición calibre 38 y el tesoro oculto del alemán: Pistolas Luger. 

La cantidad de armas le hizo distraerse por un momento, por lo cual no llego a advertir la presencia de Bukowski a sus espaldas.

Se dio vuelta pero era tarde: Hank le aplico un golpe en la barbilla que lo desequilibro. Cayó hacia atrás dando un tumbo contra las cajas de unos fusiles belgas. Atontado, intento levantarse para recibir un nuevo golpe que lo durmió.

Tal vez pasaron unas horas después de ello. Cuando despertó estaba amarrado a una silla como al comienzo de todo. Esta vez el panorama distaba mucho de ser agradable. Ninguna rubia estaba por allí para salvarle. 

Rebeca Meyers estaba sentada junto a él con una pistola en la mano. Seguramente el alemán la había liberado del maletero del Chevrolet. La morena sonrío, los papeles se habían invertido.

-¿Pudiste dormir bien, cariño?

-He tenido mejores siestas. ¿En dónde se metió el alemán cabrón ese? Tengo ganas de devolverle los golpes que me dio.

-Eso deberá esperar. Ahora lo envié a buscar a mi hermano. Auggie llegará de un momento a otro.

-¿Te aseguraste de que no pase por la cocina antes? Tenía por allí una despensa llena de whisky.

-No creo que sea tan tonto como tú.

Tampoco Richard lo creía. Pero eso renovaba sus esperanzas de salir nuevamente con vida.

Mientras tanto Hank había hecho la llamada correspondiente: No tenía ganas de enemistarse con los Meyers. Matar a un policía no era la mejor opción pero la balanza se había inclinado en contra de Ringo. Auggie estaba en camino, llegaría con sus hombres de un momento a otro. 

Ni bien corto, Bukowski llamó a sus muchachos: Era mejor ser prevenido y los hechos que se sucedieron después justificarían esa cautela. Más rápido que pronto se hizo presente uno de sus guardaespaldas, otro alemán, gigante como un dios nórdico, de aspecto brutal, Kurt Heinrich. 

Mientras abría otra botella de whisky, Hank le ordenó armarse “por las dudas”. Kurt y otros dos de los soldados de Bukowski bajaron las escaleras que llevaban al sótano, regresando armados con ametralladoras y pistolas.

No tan lejos de allí, en la residencia de las colinas, Auggie y Will Smalls cerraban un trato. De ahora en más, ambas bandas estaban unidas, y, Meyers era el nuevo jefe. Pero como tal cometería su primer error: Enviar a Will a por Callahan. 

Leer siguiente: Capitulo 6 ... 

viernes, 5 de junio de 2015

EL AMOR... ESE PERRO DEL INFIERNO /// Capitulo 4



El Amor… ese perro del infierno IV
Por Karlos Dearma.

El teléfono sonó un largo rato del otro lado de la línea. Callahan estaba impaciente. Su interlocutor demoraba demasiado en levantar el tubo; para su gusto. Sabía que la única forma de  levantar a Bukowski de una de sus borracheras alemanas no era precisamente llamándolo por teléfono sino tirando su puerta abajo. Pero el tiempo no estaba de su lado. 

Al final y luego de insistir repetidas veces, una voz seca y aguardentosa, que no podía disimular una lamentable condición alcoholizada, contesto.

-¿Quién mierda habla? ¿Acaso no tienes nada mejor para hacer que tocarme los huevos de esa manera y a estas horas?

-Será mejor que te calles, viejo gilipollas, y escuches muy bien lo que tengo para decirte.

-¿Callahan? ¡Basura de Kansas! ¿Quién coño te crees que eres para hablarme de esa manera?

-Soy el que va a romperte los dientes si no haces lo que quiero, pedazo de mierda. Voy a necesitar de tus “inapreciables servicios” –hizo una pausa para soltar una leve risita-Dicen que eres el mejor en lo tuyo.

-¿Me halagas y estas de buen humor? Bien. Supongo que no estoy en posición de negarme.

-No. Quiero un par de “Tommys”, granadas, algo de munición y también necesito que me prestes una Luger.

-¿Algo más? ¡Vaya, un mínimo arsenal! Ok. Tu crédito está abierto. Dime Richard: ¿Qué estas tramando? ¿Asaltar un banco o reventar Fuerte Knox?

-No es asunto tuyo alemán. Mientras menos sepas mejor.

-¿Cuándo vendrás por aquí?

-Estoy en camino.

Ringo colgó el teléfono. La habitación del hotel era fría y lúgubre pero era un lugar solitario y alejado: Ideal para un fugitivo como él. La banda de Nolan y los hombres de Auggie deberían estar buscándole. Judith parecía dormir plácidamente. 

Tomo de su cartera las llaves del auto, un bolígrafo y en un papel garabateo una despedida. Observo a la rubia desnuda en la cama una vez más. Tal vez fuera la última vez, pensó, si es que las cosas no salían bien. Luego se escabullo silenciosamente por la puerta.

No tan lejos de allí una reunión se estaba por llevar a cabo. El socio del fallecido Walter Nolan, Auggie Meyers, tenía una conversación con uno de sus principales lugartenientes. Los dos esperaban la llegada de los hombres de Walter. 

La intensión de Meyers era unir los negocios de las dos bandas evitando derramamientos de sangre entre ellos, transformándose en el líder de ambas pero antes debía conseguir su aprobación, ponerse de acuerdo y liquidar a esa piedra en el camino que era capaz de arruinarlo todo: Richard Callahan.

-Dime Bob: ¿Alguna novedad de mi hermana?

-Aun no aparece.

-¿En dónde demonios se metió, Rebeca? Justo ahora que la necesitamos.

-Seguramente aparecerá. No te preocupes.

-¿Sabrá de la muerte de Walter?

-Si lo supiera ya habría aparecido.-Grazno con seguridad Bob Hawkins mientras de manera varonil arrojaba al suelo una colilla de cigarrillo.

En ese momento tres automóviles entraron por el sendero que llevaba a la residencia enclavada en las colinas. Auggie desvío su atención en ellos. Eran los ex-soldados de Nolan. Ambos hombres salieron a recibirlos. 

El rostro de Meyers se endureció e instintivamente llevo su mano a la cintura:
 Allí tenía escondida su 38. Los carros frenaron con estrépito frente a la casa. De ellos descendieron los pistoleros encabezados por Will Smalls, el segundo de Nolan. Luego de los saludos de rigor entraron juntos en la estancia y la reunión comenzó.  

continuará ... 

jueves, 28 de mayo de 2015

EL AMOR ... ESE PERRO DEL INFIERNO /// Capitulo 3



El Amor… ese perro del infierno III
Por Karlos Dearma.

Los golpes en la parte trasera del Chevrolet sobresaltaron a ambos. Callahan creyó oír en ellos el reventón de un neumático pero pronto cayo en la cuenta de que no era así. Los golpes parecían provenir del maletero. Observo a la viuda Langsner y esta le devolvió una mirada de fastidio.

-¿Qué fue eso?-Interrogó a la rubia que aspiro profundo y sin dejar de prestar atención a la carretera, soltó un resoplido de hastío.
-Ha de ser Rebeca. Le di un golpe en la cabeza y la encerré allí detrás. La sorprendí saliendo de la casa en donde estabas cautivo. Pensé que me podía ser útil en algún momento.
-Detén el auto.-la rubia no parecía contenta pero obedeció sin chistar, disminuyendo la velocidad para luego detenerse en una cuneta de la autovía.-

Ringo descendió del auto con dificultad. Aun le dolía todo el cuerpo. Rengueando, camino hacia la parte trasera del carro, se agacho, tomo la manija del maletero tirando de ella y abriendo el cofre del baúl. Dentro, Rebeca entreabrió los ojos y lo miro con odio.

 Intento gritarle algo pero apenas si pudo. Callahan sonrío con malicia. La Meyers estaba atada y amordazada y muy poco podía decir que se le entendiera. Richard se apiado levemente y le soltó la media de mujer que le tapaba la boca. Rebeca grito enfurecida:

-¡Malditos!, tú y la puta esa que me encerró aquí. Disfrutaré viendo como los hombres de Nolan acaban con los dos.
-Walter Nolan está bien muerto. Así que lo veo bastante difícil. Al menos no ahora.
-¡Bastardo! Te haré matar. Mi hermano Auggie no dejará pasar esto. Ya lo verás.

Richard Callahan quedo pensativo. Volvía a escuchar ese infame nombre después de mucho tiempo. Ahora sabía quién más estaba detrás de todo el asunto. Auguste “Auggie” Meyers tenía un prontuario abultado como tratante de blancas, pistolero y otras bajezas más, y él mismo lo había enviado a la cárcel, de la que salió muy rápido gracias a sus “contactos”; pero nunca había llegado a hacer una asociación entre él y Rebeca. 

La venganza que casi logro enviarlo al sepulcro tenía un nuevo protagonista. Auggie era el jefe de una banda de traficantes y contrabandistas aliados a los negocios sucios de Nolan. Su base de operaciones estaba en Tulsa (Oklahoma), en donde el alcalde, el juez y la policía le cobijaban. 

¿Cuántos más estaban metidos? ¿Qué rol jugaban sus “compañeros” policías en esto? Ringo pensó en que debía moverse rápido y no confiar en nadie.

Volvió a amordazar a Rebeca que protesto sin conmover al detective, cerró el cofre y subió al auto. La morena comenzó de nuevo con las patadas en la tapa del cofre pero a Callahan lo tuvo sin cuidado. La viuda Langsner, que había escuchado la conversación, encendió el carro y se puso en marcha. Ringo en tono severo le pidió el arma.

-¿Cuántas balas tienes?
-Las que lleva puestas el tambor.

Richard saco el seguro del cilindro, lo desplegó y contó solo cinco proyectiles en su interior. No eran suficientes. Pensó: “No hay caso con las mujeres, puedes encontrar casi cualquier cosa dentro de una cartera femenina menos una ronda extra de balas calibre 38.” 

Pero el detective no era de aquellos que se amilanaban rápidamente.

 Necesitaría muchas más municiones y armas para liquidar a las bandas de Nolan y Meyers juntas. Y se le ocurrió que alguien más podría proporcionárselas: El alemán Bukowski.

continuará ... 

viernes, 22 de mayo de 2015

EL AMOR ... ESE PERRO DEL INFIERNO /// Capitulo 2



El Amor… ese perro del infierno II
Por Karlos Dearma. 

La mujer temblaba como una hoja asustada: Nunca había matado a un hombre. El humo de su cigarrillo aun la envolvía pero lo había escupido del susto. El arma en su mano derecha ahora apuntaba al piso, hacia el cadáver y se había llevado la mano izquierda a la boca, con la que tapaba su mueca de horror.

Ringo Callahan seguía atado a su silla pero estaba vivo. Su visión, velada por la sangre que había corrido sobre los ojos, estaba empañada. Aun así llego a distinguir el cadáver de Nolan a sus pies. El balazo le había dado de lleno en la cabeza y sus ojos sorprendidos estaban abiertos. Lo maldijo y quiso escupirlo pero no pudo, luego giro intentando encontrar a su benefactora, a la cual le daba parcialmente la espalda.

Al fin la vio. Logro atisbar entre brumas a una rubia que lo observaba en una especie de estado de shock. Al principio no la reconoció, o eso creyó. Luego las facciones de la blonda comenzaron a hacerse más familiares hasta que pudo identificarlas: ¡Era Judith Langsner!

Hacía casi un año que no la veía. Desde la misma fatídica noche en que su marido mafioso, Peter “El Largo”, los había descubierto en la cama para luego morirse de un ataque al corazón. ¡El pobre desgraciado! Luego se habían separado para siempre o por lo menos esos fueron los términos. Se preguntó qué diablos estaba haciendo allí, salvándole la vida, con un revolver humeante en la mano. Con voz agitada, temblorosa, la viuda de Largo Burnett lo interrogo: 

-Richard: ¿Estas vivo?

Ringo queriendo reír mas tratando de evitarlo pues ello le causaba dolor puso su mejor sonrisa de agradecimiento y le respondió:

-¡Diablos gatita, claro que lo estoy! ¡Más que nunca! ¿Cómo rayos llegaste hasta aquí?

La rubia, tratando de recuperar la compostura, se acercó más a él y finalmente pudo lograr la mínima calma:

-¿Acabo de matar a un hombre por ti y solo te interesa saber cómo llegue? Tengo mi auto allí afuera y esperaba que fueras más educado, por ejemplo, dándome las gracias.
-Lo siento, tu sí que sabes cómo sorprenderme, tienes razón. ¡Gracias! Te llevare de veraneo adonde tú quieras y estaré solo para ti de ahora en más: ¿Te parece cariño?

La rubia guardo el arma en su cartera y sonrió con un leve dejo de picardía mientras lo ayudaba a desatarse. Luego le hizo de apoyo para que pudiera levantarse. Apenas podía mantenerse en pie. Aun así pudo patear el cadáver de Walter Nolan con furia, lanzándole algunas maldiciones.

 Abrazados abandonaron la habitación y buscaron la salida. El fresco de la noche ayudo a Callahan a despabilarse un poco. Alcanzaron el auto de Judith, un Chevrolet del 47 color azul, subieron y la rubia se puso al volante. ¿Cómo había llegado hasta ese lugar? La pregunta rebotaba dentro de la cabeza de Ringo. La viuda Langsner, puso en marcha el carro y adivinando la incógnita, hablo:

-Uno de los hombres de “Largo”, un tipo llamado Setzer, comenzó a trabajar hace unos meses para Nolan. Te conocía. Y conocía nuestra “historia” juntos. Fue el quien me dijo lo que te sucedía, me hablo del escape de los matones de la prisión de Folsom y también de la trampa que te tendió Rebeca. Como tenía sus recelos hacia Nolan y me debía un favor de cuando trabajaba para mi marido, ayudo dándome la información.

-¿Y te arriesgaste solo por mí? Podrían haberte matado.
 -Lo sé. Pero salió bien: ¿No es así? No he dejado de pensar en ti, Richard, todo este tiempo. Es por eso que hice lo que hice. 

El Chevrolet del 47 cruzo la noche de Kansas a toda velocidad salteándose varias luces rojas. Un dolorido Ringo quedó pensativo. ¿Existía acaso la suerte? ¿Por cuánto tiempo podría ocultarle su rastro a la muerte? Observo a Judith al volante, la rubia se volvió para mirarle: No se dijeron palabra, no hacía falta. La ciudad forma una especie de círculo: Un redondel de muerte con el sexo en su centro. En ese lugar se hallaba atrapado Callahan. 

Solo tal vez esta vez el amor, ese perro del infierno, le había salvado la vida. Y de la manera menos imaginada.

Leer capitulo 3 ...

sábado, 16 de mayo de 2015

EL AMOR ... ESE PERRO DEL INFIERNO /// Capitulo I


El Amor… ese perro del infierno --- Capítulo I
Por Karlos Dearma.

Hay pocas cosas en este mundo que pueden ser tan letales como una rubia; solo tal vez una morena bien puesta y Rebeca Meyers era una de ellas. A aquella amarga conclusión llego Richard “Ringo” Callahan, amarrado y amordazado como estaba a una silla en la cual lo había sentado la traición. Ahora recibía los golpes de puño de un matón llamado Vince Clarke y los papeles se habían invertido: Callahan recordaba cómo había sido él quien le rompió la boca durante una redada para luego enviarlo tras las rejas.

Vince se entretenía golpeándole de a ratos mientras esperaba la llegada de su jefe: Un mafioso llamado Nolan. Walter Nolan era un ex convicto novio de la susodicha Meyers (detalle que el detective Richard Callahan ignoraba cuando la conoció en un bar de Kansas City), fugado recientemente de la cárcel a la cual lo había enviado el mismísimo Callahan.

Su situación era difícil pues su vida pendía de un hilo bastante corto. Las golpizas de Vince le tenían debilitado: “Ringo” Callahan, a pesar de ser un tipo duro, era de carne y hueso, y los mismos comenzaban a lacerarse y agrietarse.

Aun así no perdía su sentido del humor:

-Dime Vince: ¿Qué le paso a tus dientes?-Le dijo, mientras intentaba sonreír olvidando el dolor y un hilo sanguinolento de baba le escapaba por una de las comisuras de sus labios. Ofendido, Clarke le respondió:

-¿Con que tienes sentido del humor? Te lo quitaré niño bonito.-Comenzó por atizarle un golpe en la boca del estómago para luego golpearle varias veces en la cara. Ringo no pudo soportar el dolor y quedo inconsciente.

 Vince le sacudió con desconfianza, Callahan no se movía; fue entonces cuando temió haberle matado: Su jefe no estaría feliz con eso.

Richard, sin desvanecerse por completo, cayó en un estado de ensoñación. En sus sueños aparecía Rebeca, hablándole dulcemente y dándole caricias suaves, besándole y haciéndole el amor; lo cierto es que se había enamorado de ella y eso lo había perdido. 

En su sueño se lo reprochaba, odiaba su estupidez de novato prendado, tanto como para caer en una trampa, tanto como para acuñar una ingeniosa frase y repetirla una y otra vez: “El Amor… ese perro del infierno.”

Un asustado Vince se le acerco a la cara y le abofeteó, intentando reanimarle sin resultado. Antes de que pudiera tomar distancia, Ringo revivió golpeándole con una patada certera en los testículos. Clarke cayo hacia atrás con cara de estúpido sorprendido, chocando su cabeza contra una pared, deslizándose por ella y quedando atontado en el piso. El dolor debe de haber sido intenso.
Callahan saboreo su victoria pero esta le duro muy poco. 

Por la puerta de la habitación hizo su entrada Walter Nolan del brazo de Rebeca y otro par de sus hombres. Nolan, enfurecido, ordeno a sus hombres comenzar por “limpiar” el lugar:

-Saquen al idiota este de aquí.-señalando a Vince.-Cárguenlo en el baúl del Chevrolet, llévenlo hasta las afueras y péguenle un tiro: ¡Estoy harto de sus estupideces!

Clarke pidió clemencia de rodillas y a los gritos pero Walter no tenía un día bueno. Los hombres le arrastraron fuera de la estancia y desaparecieron. Nolan se volvió en dirección a Callahan y le observo satisfecho:

-Eres un pillo Richard pero tus días de suerte se acabaron. Te mataré. Antes iré trozando tu cuerpo en pedazos y disfrutaré viéndote sufrir. Luego les daré a mis cerdos de tu carne.
-¿Acaso quieres matarles de una indigestión?-

Callahan sabía que su sentido del humor no le ayudaría pero no quería dejar pasar la oportunidad de enfadar a Nolan.  Y lo consiguió.

-Muy bien gracioso. Empezaré ya mismo a cortarte.-Walter fue hasta una mesa y tomo una sierra. Rebeca pareció enfurecer:

-¿Qué crees que haces Walter? ¡Mátale de una vez! ¿Por qué no le pegas un tiro y ya?
-¡Cállate zorra! ¡Lo haré a mi manera! ¡Vete de aquí, te veré más tarde!
-¡Eres un estúpido! Podríamos liquidarlo y largarnos de una puta buena vez a  tomar champagne y echarnos un polvo. ¡Siempre tienes que arruinarlo todo haciéndolo a “tu manera”, ya me tienes cansada! ¿Acaso eres tan perdedor que no te das cuenta cuando has ganado? ¡Míralo: Es un hombre muerto!-luego hizo un largo silencio meneando la cabeza y camino hacia la puerta para, desde allí, lanzar una última sentencia-:¡Adiós, par de idiotas!

Rebeca miro a Callahan una vez más y salió de la casa lanzando maldiciones. Nolan quedo callado, pensativo. Ringo lo observaba de reojo, herido como estaba, pensando en que tal vez eran sus últimos minutos sobre la Tierra. 

También hizo de filósofo: No esperaba que le tocara el cielo, seguro iría al infierno; muchas veces su padre, un pastor de la iglesia metodista critico de sus excesos, se lo había dicho.

Finalmente Nolan volvió en sí. Saco su revólver, comenzó a reír a carcajadas y le apuntó:

-¿Sabes qué? La puta tiene razón, adiós Callahan.
-Volveremos a vernos en el infierno, Nolan.

Ringo se incorporó en la silla como pudo y volvió a sonar en su cabeza dolorida una frase repetida: “El Amor… ese perro del infierno.”

El disparo estremeció las paredes de la casa. 

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