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martes, 20 de enero de 2015

SETI, EL EGIPCIO /// Capitulo 33


33  EN ALGUN LUGAR DE ARZAWA
Por Karlos Dearma.

El aire fresco de la mañana me despierta. El Sol ilumina las montañas de manera aun tenue, el paisaje diáfano que asoma por una de las ventanas parece irreal, pues alrededor todo es guerra. 

Pero en este rincón de Arzawa reina la paz.  Mi lecho está en una pequeña habitación campesina. Mis heridas siguen abiertas pero he de curarme. ¡Esta no ha sido la última batalla para MUWATALLIS de Hatti!... Estoy alegre y por sobre todo vivo, eso es lo que importa. Mis anfitriones velan por mí.

Los dueños de casa son el viejo SAROK y su esposa KIRA. Heteo él, gracias a los dioses, y luvita ella, me han cobijado en su lar. Ninguno de ellos ignora lo que sucede más allá de su pacifica finca, aunque no saben quién soy y la guerra no les ha alcanzado.

 Él fue un guerrero en los ejércitos de mi abuelo HATTUSILLI, y luego de una derrota parecida a la que sufrimos, se quedó aquí en Arzawa con una campesina que curo sus heridas: KIRA. Juntos unieron sus vidas y levantaron este vergel perdido en las montañas. Mi padre hubiera opinado que es un traidor, yo le aplaudo precisamente por la forma de ser feliz que finalmente eligió. Espero  los dioses les regalen muchos más años juntos.

-Te has despertado MUWATALLIS mi amigo.
-Si SAROK. El aire de estas montañas es reparador. No extraño las pestilencias de las mesetas en Hatti.
-Tampoco yo. Hace largos años que las deje. Y no cambio estas montañas ni por todo el oro del mundo.
-Lo puedo imaginar.
-¿Cómo van tus heridas?
-Curando de a poco, aún tengo dolor, ya cerraran. Gracias por recibirme.
-Eres hitita igual que yo. Y aunque no pienso en regresar a Hatti nunca, tengo fidelidad hacia mis compatriotas. Puedes quedarte el tiempo que quieras.
-Los dioses te bendigan. ¿No ha regresado mi amigo ARNUWANDA?
-Aun no, por tu salud, es un milagro que pudieran hallar mi finca. Estamos alejados. Tardará días en regresar.
-La retirada fue muy desordenada, cualquiera puede perderse en estas montañas.
-Lo sé. Por eso elegimos este lugar. Terminare mi vida en estas montañas.

Sonríe. Es un hombre feliz. Ojala pudiera aprender de él. Nada más lejano de esto que las preocupaciones en la vida de un príncipe. La vida más simple, lejos de las intrigas de palacio y toda la escoria noble. 

Me gustaría quedarme aquí, y olvidar el resto. Pero no podré hacer algo semejante, lo sé.  Debo reunirme con el resto del ejército ni bien este en condiciones de cabalgar y hablar con mi padre sin rencores. Esta derrota debería hacerle reflexionar. Por ahora debo mantenerme oculto en territorio enemigo. 

Decidí separar en pequeños grupos al resto de mi tropa para no caer en emboscadas y les ordene retornar a nuestra retaguardia. Quise no ponerles en peligro, retrasándoles por culpa de mis heridas. Solo ARNUWANDA quedo acompañándome. 

Ahora le envié con mi padre para informarle de mi situación. Debería tener que regresar pronto.  O eso espero. La paciencia de alguien enfermo puede ser muy corta. 

continuara ...

lunes, 19 de enero de 2015

SETI, EL EGIPCIO /// Capitulo 32



32  EL HEREDERO DE TELEPINU
Por Karlos Dearma.

Los últimos fríos del invierno aún no se han ausentado. Los siento más que antes, cuando era más joven  y soberbio. Eran otras épocas en las cuales, con la inmensa fuerza de mis brazos, lleve la muerte a muchos guerreros que osaron enfrentarme. Y con los cuales abrace a muchas mujeres,… hasta hacerlas mías. 

Ahora poco de todo ello queda. Soy un viejo gastado  que  desperdicio su vida luchando contra sus propios hermanos, para poder llamarse y ser llamado “TELEPINU el Gran Rey de Hatti”. Eso poco significa hoy. La derrota me acompaña y, por mi culpa, humilla a los míos.

Estoy muriendo. Las curaciones y las palabras tranquilizadoras de mis médicos no bastan. Adivino en sus rostros esquivos la gravedad del momento. He visto a muchos antes en mi situación, con las heridas abiertas que me vulneran, y se lo que me espera. 

Solo me queda un último acto y espero representarlo bien. Uno de mis hijos está a mi lado: MURSHILLIS. Espero la llegada de MUWATALLIS mi sucesor. Mis generales SHUBILULIUMA, LABARNA, HATTILI, y ZIDANTA me rodean. Pregunto a todos:

-¿Qué sucede con MUWATALLIS? ¿Por qué no ha llegado aún?-Se hace un silencio mayor en mi tienda, todos miran a mi hijo. Con voz grave MURSHILLIS responde:

-Mi hermano no vendrá, ha caído en la batalla. Siento tener que darte esta noticia padre. Es un momento triste para todos nosotros, a pesar de todo.

Vuelven a rodearme el silencio y las miradas graves. Quiero llorar. Trato de evitarlo pero no puedo. La tristeza también me vence. Es la peor de mis derrotas. MUWATALLIS mi hijo, mi sangre, mi sucesor ha muerto. Nunca intente entenderlo. ¿Por qué tuvimos que terminar enfrentados? 

Hubiera querido poder conciliarme con él antes de partir. Ya no es posible. La muerte nos unirá nuevamente muy pronto y tal vez allí podamos reconciliarnos. ¿Serán los dioses benévolos conmigo por ello? Antes de rendirles cuentas debo hacer mi último acto. Tengo a mis generales por testigos. Enjuago mis lágrimas y trato de pronunciar fuerte y claro mi última voluntad.

-MURSHILLIS tú serás mi sucesor cuando muera, serás Rey. Los jefes aquí presentes deberán hacer juramento de fidelidad hacia ti en mi presencia. Espero que los mil dioses de Hatti te acompañen. Yo TELEPINU, Rey por voluntad de los dioses, te saludo y bendigo hijo mío. 

continuara ...


sábado, 17 de enero de 2015

LA ESPERA


La Espera
Por Karlos Dearma.

Los médicos habían perdido las esperanzas, su final era próximo. Observó desde su cama el paisaje que le mostraba la ventana: Era un hermoso día de sol, "un buen día para morir", pensó, tal vez en una cuestión de horas o algunos minutos.

Esperaba con ansiedad la visita de su amada. Había imaginado el momento: fantaseo que ambos se tomarían de las manos, se unirían en un abrazo y quedarían congelados en un eterno beso.  La deseaba.

Luego llegaría el final. Con ello intentaba consolarse pero también esperaba lo peor: Una larga agonía en soledad, terrorífica y dolorosa (no soportaba el dolor, había tenido ya demasiado de ello)

 Por suerte para él no fue así.

La muerte, o como él la llamaba “su amada”, se hizo presente empujando la puerta y colándose en su habitación. La había deseado tanto que le abrió los brazos y sonrío, esperando su gélido beso.
Su “amada” se entregó a él y no lo defraudó: Le quito el aliento dejándole una sonrisa en la cara. 


Nota: Este cuento participó del "Concurso de Microrrelatos: MICROLOVE II" propuesto por los administradores del blog "EL CIRCULO DE ESCRITORES"

LAMASHTU


Lamashtu
Por Karlos Dearma.

El cabo Joshua Reid nunca llegó a disparar un tiro en la guerra contra Saddam: Había llegado a Irak sólo para el saqueo, y éste había empezado sin él.

Joshua lamentó su suerte. El museo de Bagdad y sus tesoros de antiguas culturas (algunos de los cuales se remontaban a la noche de los tiempos) estaban siendo robados: Vió como los saqueadores escapaban con sacos llenos de reliquias.

El espectáculo era patético, miles de objetos valiosos del pasado, tesoros de la humanidad, habían sido destrozados. Pero eso a él no le importaba, sólo el dinero que podía obtener. Comenzó a buscar algo, lo que fuera, la codicia le guiaba. Pronto advirtió que los otros soldados se habían ido, olvidándolo allí, y no le importó.

Caminó por los pasillos oscuros del museo. En una oficina vio una luz encendida, siguió en esa dirección con su fusil listo. Pateó la puerta y gritó, nadie respondió. Entró en la habitación y el panorama era similar al del resto del museo, desorden. Lanzó un rápido vistazo y no observó nada que fuera de su interés. Desilusionado, dió la vuelta para abandonar el lugar cuando escuchó un estornudo.

Volvió sobre sus pasos y con voz autoritaria ordenó al desconocido salir de su escondite. Un hombrecillo pequeño y acobardado, con aspecto de oficinista o quizás de profesor, emergió lentamente. Abrazaba una maleta pequeña, aferrándose a ella como si fuera una joya. Joshua se dio cuenta que su contenido era algo valioso e inmediatamente le arrebató el maletín haciéndole a un lado como si fuera un muñeco, mirándole con desprecio y amenazándole, estaba seguro que ese alfeñique no era un peligro para un hombre de su talla.

Mientras Joshua abría el maletín para ver el contenido, el hombrecillo se abalanzó sobre él tratando de recuperarlo pero con consecuencias trágicas: El arma se disparó accidentalmente, hiriéndolo de muerte. Joshua asustado y arrepentido, lo tomó entre sus brazos ayudándole a recostarse en el piso. El hombre fue muriendose lentamente y con ojos desorbitados pareció lanzarle una advertencia, repitiendo, una y otra vez hasta que expiró, una palabra que no pudo comprender: “Lamashtu”. Perseguido por la culpa, Reid abandonó el lugar y regresó a su base con el maletín, y la extraña figura femenina de aspecto demoniaco que contenía.

Meses después regresaría a su hogar en Vermont. Para entonces otros sucesos trágicos ocurridos en Irak lo habían tenido en vilo y su carácter había cambiado. La esposa y el resto de la familia, alegres con su regreso sano y salvo, lo notaron sumergido en oscuros pensamientos. Todos intuyeron un trauma posbélico. La realidad era otra: Lamashtu.

La voz del extraño pronunciando ese nombre volvía a su mente de manera cotidiana, obsesionándole, invadiendo incluso sus sueños (que no conseguía discernir al día siguiente), rodeándole de hechos inexplicables como la muerte de su mascota primero y luego el peculiar deceso de uno de sus tres hijos.

Aun así sus planes iniciales de vender la figura de aspecto horrendo se disiparon y se negó a deshacerse del amuleto, a pesar de los ruegos de su mujer que aborrecía de la horrible estatuilla. No lo sabía pero el influjo de Lamashtu lo había atrapado.

Lamashtu pasó a formar parte de la decoración en el interior de su casa, puesta en un sitial desde donde parecía vigilarles. Sin embargo, otra vez, la enfermedad volvió para atacar a uno de sus hijos y ésto le hizo desconfiar. Reid decidió averiguar más acerca del raro amuleto: Para ello visitó la biblioteca de la Universidad local.

Revisó varios libros hasta que encontró lo que buscaba: Una imagen del mismo amuleto que estaba en su poder.  El párrafo remitía a una fuente de origen acadio, la tablilla cuneiforme databa  de unos cuatro mil años atrás y decía lo siguiente:

“Mi nombre es Larsa y dejo este testimonio como una advertencia. Cuando todo lo demás hubo fallado, asustado y mal aconsejado, cometí el error de invocar la gracia de Lamashtu para salvar la vida de mis hijos enfermos, llevando una imagen suya a mí hogar.  Este espíritu maligno se apoderó de mi casa, atrayendo gran cantidad de calamidades sobre mi persona y los míos, afligiéndonos. Cuando lo advertí fue demasiado tarde: Su maldad no se detuvo, ni siquiera cuando acabó con todos ellos de manera sangrienta y cruel, dejándome solo. Ahora vivo en el desierto y el único consejo que puedo darles es éste: Si son sus víctimas huyan lo más lejos que puedan de este demonio pues tiene una especial predilección por los niños y las mujeres.”

Un Joshua horrorizado comprendió la sucesión de hechos: Lamashtu era quien había apretado el gatillo en aquella sucia oficina en Bagdad y lo había usado como vehículo para abandonar el museo; Lamashtu era con certeza quien había “volado por los aires” a todos sus compañeros de pelotón en Irak, detonando un polvorín y salvándolo sólo a él; también era responsable de la extraña muerte de su perro que, quizás, había intuido su maligna presencia; y era quien había inoculado esa rara enfermedad que corrompió el cuerpo de su hijo hasta matarle.

Ahora amenazaba al resto de su familia. Desesperado, Joshua Reid partió en dirección a su casa para intentar salvar lo que quedaba de los suyos. 

Nota: Este cuento fue concebido para participar del concurso "Relatos de Terror: La noche de los tiempos" del blog "Circulo de Escritores". Mi entusiasmo me llevó a excederme en la cantidad de palabras de la consigna: No lo envíe pero aquí lo tienen.